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Óleo sobre tabla. Museo del Prado. Dimensiones: 63,5 x 105
cm.
Fuente:
https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/el-triunfo-de-la-iglesia/6d429a36-9035-4673-a6c7-b1e42c24e1a0
Miremos este cuadro de Rubens
detenidamente. Vamos a tomarlo como hilo conductor para explicar algunas
cosas de la Procesión del carro triunfante de la fiesta del Señor de Villademor.
Fiesta y procesión que, como el cuadro, están centradas en la eucaristía. En
realidad, Rubens pinta este cuadro en torno a 1625 por encargo de la
archiduquesa Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II y gobernadora de los
Países Bajos. El cuadro no es algo exento, sino que está dentro de una serie
de cuadros destinados todos a convertirse después en grandes tapices y todos
ellos centrados en el triunfo de la eucaristía. El motivo no es baladí;
estamos en plena lucha ideológica y real (Guerra de los ochenta años
o también llamada Guerra de Flandes) contra el protestantismo que,
entre otras muchas cosas, no
admitía la eucaristía más que como un símbolo o recordatorio ritual del
sacrificio de Cristo. Recordemos que Lutero es más o menos un siglo
anterior y que el Concilio de Trento había reafirmado el dogma de la
transustanciación en 1551. Este cuadro entonces es una forma más de luchar contra el
protestantismo, es una expresión más de la Contrarreforma, es una
reafirmación de la fe a través del sacramento más emblemático y más central
del cristianismo: la eucaristía. A esto habría que añadir el
hecho de que el protestantismo en general es iconoclasta porque ve en el
arte sacro una especie de idolatría. En cambio, el catolicismo no lo ve así.
El arte hasta ahora sigue siendo el arte sacro principalmente, al menos
hasta el Romanticismo, y el arte era financiado o por la Iglesia o para la
Iglesia. Y no hay que olvidar que la potencia que tiene la religión se la da
en parte el arte. Y el arte tiene fuerza porque en esas obras se presentan
los mitos y en estos están, sin duda, las "ideas fuerza". La idea de Dios
está ejercitada en las propias pinturas o esculturas, está ejercitada,
realizada en una cosa visible; las ideas prácticamente se palpan en las
propias obras, por eso era tan importante el arte para la Iglesia.
Pero mirando el cuadro, lo primero que tenemos que tener en cuenta
es que se trata, como la Procesión de nuestro pueblo, de un cuadro
alegórico. ¿Eso qué quiere decir? Que todas o casi todas las escenas aquí
y allí representadas tienen un significado simbólico. Y es preceptivo, para
poder entender la alegoría, hallar el significado representacional de cada
escena del cuadro. Lo mismo habríamos de hacer con la Procesión de
nuestro pueblo, que, con todo, es mucho más sencilla que este abigarrado
cuadro, pero no por eso menos expresiva ni menos metafísica, como ya hemos
advertido, y en la que, ciertamente, no todo es simbólico, como veremos. Hay
al menos una cosa que es presentada, no representada, como real: la Sagrada Forma.
Desmenucemos, pues, el cuadro e
interpretemos, a la vez, nuestra Procesión, resaltando sobre todo las
analogías entre uno y otra sirviéndonos principalmente de las alegorías que
Rubens sabe expresar tan bien y que habremos de buscar igualmente en nuestra
Procesión, porque ambas cosas pretenden lo mismo, ya lo hemos dicho:
manifestar el triunfo de la Iglesia por la Eucaristía.
Empecemos con una primera diferencia: el cuadro de Rubens es un cuadro que está enmarcado en un fingido tapiz desenrollado y
sostenido por unos angelotes entre unas típicas columnas retorcidas
salomónicas. Esto es muy propio del barroco y le otorga una dimensión de
simbolismo que no parece tener del todo nuestra Procesión del Señor,
pues en ésta hay algo que se presenta y se procesiona como verdaderamente
real: la eucaristía. Ésta es, pues, el centro neurálgico de todo esto. Una
idea que va claramente contra la idea protestante de que la eucaristía es un
mero símbolo ritual de conmemoración.
La
escena principal, el motivo central del cuadro, es un carro de oro tirado por caballos. El
carro, tanto en la procesión como en el cuadro, representa indudablemente a la Iglesia triunfante.
En el cuadro, la Iglesia es
la mujer que es llevada en el carro triunfante. Ella, a su vez, porque
sólo ella puede, porta en sus manos con extrema delicadeza, respeto
religioso o veneración la custodia, es decir, el ostensorio en donde se
coloca para ser mostrada la Hostia consagrada, centro del cuadro y, por
supuesto, también de nuestra Procesión. En ambos casos, pues, el Carro,
símbolo que viene al menos ya desde los romanos, representa a la Iglesia
triunfante.
En el cuadro, la custodia, por portar lo que porta, el
Cuerpo real de Cristo
glorioso y resucitado, se muestra iluminada. En la custodia de nuestra
Procesión, esa
luz
se suple por la forma de sol que tiene la propia custodia y por el metal del que está hecha,
de plata. Por eso, su sola presencia parece iluminar el entorno. En el
cuadro, la
Iglesia, es decir, la Mujer, lleva una capa pluvial que un ángel ayuda a
que no sea arrastrada y que protege a la Iglesia de las inclemencias. Lo mismo que nuestro
carro, que lleva una bóveda para techar la custodia y resguardarla de la
lluvia,
sustentada por cuatro columnas corintias y sobre el pináculo de la cúpula
había antaño
una golondrina. Todo un símbolo también para la religión no sólo
cristiana, sino para la hebrea también, pues ya se menciona en el Salmo
84, 3, donde se dice: "Hasta el pajarillo ha encontrado una casa, / y
para sí la golondrina un nido / donde poner a sus polluelos: / ¡Tus
altares, oh Yahveh Sebaot, / rey mío y Dios mío! / Dichosos los que moran
en tu casa...". La golondrina es un símbolo bíblico, no sólo porque es
un animalillo frágil y anunciador de tiempos renovados, primaverales, sino
porque, como las cigüeñas, instalan sus nidos y crían sus polluelos en la
casa del Señor, en las iglesias. También existe una leyenda que, aunque no
sea bíblica, se ha hecho tradicional, que dice que fueron las golondrinas
las que quitaron una a una las espinas de la corona que habían quedado
clavadas en la frente de Cristo. Las
golondrinas son de Dios, se oye decir a veces, como dando a entender
que requieren protección y son, si cabe, más divinas que otros animales.
No obstante, no sé por qué,
en la última salida de
nuestro carro (2018), ya no está; parece haber "volado", quizá
espantada porque nadie entendía qué hacía ella allí posada. Ella, que
pretendía representar la Encarnación de Cristo, su materialización,
simbolismo que se generalizó sobre todo a partir del Renacimiento,
ha decidido ya no significar nada, pues nadie la miraba, nadie la
escuchaba; de hecho, ha comprobado que nadie se ha dado cuenta de su
ausencia. Pero ella nos quería decir que era un símbolo de renovación. Y
nadie mejor que ella, migrante, puede representar ese esperado
renacimiento y esa necesaria renovación que propone el cristianismo, en
este caso por la eucaristía sobre la que está(ba) posada, como señalando
dónde se debe estar. Además, es un símbolo claro de pureza y, como la
custodia sobre la que va suspendida, un símbolo también de luz primaveral
con todo lo que ello supone. ¿Volverá la oscura golondrina a posarse sobre
el Santísimo? Me preguntaba yo. Pero no, en el 2026 el carro
ha sido restaurado y no han recolocado a la antigua golondrina, sino a otro
animal también muy simbólico, una paloma. Como en el cuadro de Rubens, la
golondrina ha emigrado para siempre, quizá a otras nuevas "religiones",
tan soteriológicas como el cristianismo quizá, como por ejemplo el
"fundamentalismo ecologista", sin ir más lejos. Pero eso es ya otra
historia.
A diferencia de nuestro carro,
en el cuadro ha puesto Rubens a otro animal simbólico, justo también en el centro
geométrico de la imagen: la paloma, símbolo evidentemente del Espíritu
Santo. Razón por la cual se muestra, como la custodia, resplandeciente,
nimbada. Parece incluso que viene del infinito, como el misterio de la
fe, a posarse sobre un querubín, que quizá represente a Eros, el amor,
pues lleva las riendas y parece que también el aguijón, el acicate para
azuzar a los caballos. Sin duda, tanto el angelote Eros como la Paloma
nimbada son la representación de los dos amores más importantes para la
Iglesia: los dos tipos de amor que ya los griegos conocían:
ἔρως [éros] y ἀγάπη [ágape], el amor erótico
y el amor caridad.
Con todo, la Mujer, con
ser quien es, ni siquiera se considera digna de tocar con sus propias
manos la custodia que soporta la Hostia. Por eso la lleva cubriéndola por
donde la agarra con un paño para evitar, quizá, toda posible
contaminación. Esta circunstancia la he visto ritualizar también a algunos
sacerdotes de nuestro pueblo, que llevan la custodia sirviéndose para
agarrarla de un paño blanco.
Otro ángel parece
colocar sobre la cabeza de la figura de la Iglesia una tiara, símbolo de
la autoridad papal. Así pues, no se puede vestir de más dignidad y más
autoridad (auctoritas, no potestas) a la Iglesia que, a
su vez, es tirada por una cuadriga de caballos blancos, símbolo siempre de
pureza. Guiados a su vez por cuatro doncellas, una casi oculta por la
columna salomónica de la izquierda, pero que, si nos fijamos bien, porta
el lábaro, el estandarte o enseña en su tiempo propia del emperador y de las legiones
romanas. La Iglesia lo heredó seguramente a partir de Constantino el
Grande. Ese lábaro también se lleva en nuestra procesión al principio
de todo,
abriendo camino.
Las cuatro doncellas representan las
cuatro virtudes cardinales:
Prudencia, Fortaleza, Justicia y
Templanza. La
del fondo representa seguramente la fortaleza; no en vano lleva en su
cabeza la piel de un león y un bastón en la mano. Las otras ya es más
difícil identificarlas, aunque es tradición considerar que la Prudencia es
la "auriga virtutum", es decir, la guía de las virtudes.
Por
lo tanto, la que está detrás de la columna sería la Prudencia. Distinguir
entre la Justicia y la Templanza ya nos parece más difícil porque no se
ven bien en el cuadro los atributos de cada una.
Uno de los caballos, si nos
fijamos, es montado por otro ángel, éste ya no tan niño, más bien
adolescente, no tan inocente quizá, que representa la potestad (potestas)
del pontífice romano representado por las llaves cruzadas de Pedro. Por
cierto, una de oro y otra de plata. Desconocemos su significado.
Por encima de los caballos,
adelantada por unos angelotes trompeteros que anuncian el paso triunfante
de la Iglesia, se representa a la Victoria alada o una figura angélica
femenina (¿quién dijo que los ángeles no tenían sexo?), que lleva en su mano
derecha la corona de laurel, símbolo del honor y del triunfo, y en la
izquierda la palma, símbolo de la inmortalidad o de la victoria definitiva
sobre los enemigos del cristianismo. En la Procesión de Villademor
también se acompaña de música, que anuncia, cuando no tocan curiosamente el
himno nacional, lo mismo que en el cuadro de Rubens, la buena nueva del
paso de la Procesión y, con ella, la representación del triunfo de la
Iglesia. Y, en Villademor, en vez de con hojas de palma, se adornan las paredes de las casas con ramas
de palera, de chopo o de retama, árboles característicos de la zona, y se adorna el suelo con
pétalos de rosa.
En el nivel inferior, el carro arrolla a los
enemigos de la Iglesia, en este caso representados por una Furia que lleva
cabellos serpenteados y una cañaheja encendida. Apoyándose en él, se
adivina una pequeña bestia alada que, aunque está en el nivel inferior de
la imagen, sin embargo, no es arrollada directamente por el carro y sin
duda representa al demonio. La otra figura sobre la que ya está la rueda
del carro eclesiástico, con incrustaciones de piedras preciosas, seguramente represente al Odio, por cuanto también
tiene una cara de bestia y le sale fuego por la boca.
En un nivel intermedio y detrás del carro
hay otra dos figuras importantes, que ya no son arrolladas por el carro,
sino que le siguen a duras penas porque son dos ancianos, es decir, no
son inocentes novatos en esto de la vida, tienen experiencia: uno representa claramente a la
Ignorancia, pues tiene orejas de burro. El otro a la ceguera, pero se
trata, por lo que parece, de una ceguera que no quiere ver porque lleva los ojos vendados.
Representa sin duda al
paganismo o a las herejías como el protestantismo, principal movimiento
contra el que se está luchando en todas partes en esta época de
contrarreforma. Ambos están atados y, por
tanto, dominados; son empujados por detrás por alguien que sí sabe, pues a la
vez les guía por lo alto con una lámpara que coloca sobre ellos para iluminarlos con
la luz de la Verdad. Situación paradójica porque el uno no sabe
interpretar lo que ve por mucha luz que le pongas, pues es un ignorante, y el otro no quiere ver, no se
quita la venda de los ojos a pesar de que tiene las manos libres; ese sin
duda representa mejor que nadie al pagano, pero sobre todo al hereje
protestante.
Por último, en el centro, en la parte más
inferior, está el globo terráqueo, que, suponemos, pretende representar la
universalidad, que es lo que significa el catolicismo [de
καθολικός (katholikós), que significa universal o
general]. Circundando ese globo está el símbolo del uroboros, la serpiente
que se come a sí misma y que representa el ciclo eterno o, quizá, la lucha
o el quehacer eterno. Y además hay, parece, un timón, que representa la
política directora y directiva de la Iglesia, sin la cual el mundo se
perdería. Hay también una palma, que, como hemos dicho, representa la
victoria definitiva sobre los enemigos de la Iglesia, y unas hojas de roble,
que quizá representen la permanencia o incluso la inmortalidad. Como vemos,
un compendio simbólico complejo y abigarrado.
Ahora sabemos que muchos
de estos simbolismos, tan bien expresados en este cuadro, por eso Rubens
es Rubens, los encontramos a la vez en nuestra Procesión del día del Señor
y en
nuestro carro triunfante, razón por la cual también han permanecido como
tradiciones con sentido a lo largo de los siglos. No es un capricho ni una
tradición obsoleta para el creyente cristiano. Es evidente que la Procesión hemos de verla ahora
con otros ojos, pues está llena de significado. El cuadro, tanto como la Procesión
del día del Señor, son composiciones efectistas contra el infiel, contra
el paganismo y sobre todo contra aquel que no admite los dogmas católicos,
como el de la presencia real de Cristo en la eucaristía, que ya hemos
explicado sirviéndonos de la filosofía aristotélica
en la página anterior. Leído esto, quizá ahora ya no volvamos a ver la
Procesión como un simple paseo o una simple exposición pública pero
desganada de la fe. Ahora quizá todo cobra más sentido, no sólo para el
impío o el ateo que mira un cuadro como el de Rubens u observa atónito y a
distancia una
procesión religiosa como la nuestra. Ahora se puede entender mejor la
historia del catolicismo y, por ende, los oficios religiosos de nuestro pueblo.
Pero también cobra más sentido para
el creyente, para el cual ahora todo resultará más coherente e incluso más
bonito, si cabe. Así entonces, tanto para el creyente como para el impío,
propongo aquí esta explicación de uno de los actos más singulares de
nuestro pueblo, la Procesión del Santísimo, como algo no exento,
sino en perfecta sintonía con la historia del cristianismo, de la pintura
e incluso de España.
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