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EVOCACIONES DE UNA CALLE DE MI INFANCIA

El Arrabal

Más, al final, un análisis poco alentador de la actualidad del pueblo

 

 

 

 

     Parafraseando al poeta, podría decir que mi infancia son recuerdos de una calle de Villademor. La verdad es que no suena tan poético como cuando lo dice Machado, pero en mi caso no por eso es menos verdad. Ocurre que cuando observo esta foto es como si, de repente, se agolpara en ella toda mi infancia, diría incluso que todo mi pasado, y me inundara una inmensa e insumisa nostalgia. Ahora bien, tal sentimiento parece del todo inapropiado, porque la nostalgia es propia del que siente tristeza por lo que en el pasado le fue bien, pero ya no le va tan bien y de alguna manera quiere que permanezca o vuelva a ser lo que fue, pero sabe que eso es imposible. Y digo que es un sentimiento “inapropiado” porque, mirando la imagen, la cual toda ella destila pobreza, penuria incluso: ¿cómo podría pensarse que ahí pudo ir bien nada de lo cual tener nostalgia? A priori parece que de lo que no fue bien no se puede tener nostalgia. El sentimiento propio en este caso sería más bien el lamento o la tristeza por lo que fue mal y debería haber ido bien. Sin embargo, no es ni fue así. Porque considero que por mucha pobreza que rodee a una infancia, no por eso ésta habría de ser menos feliz. Y ese fue mi caso en esa casa y en esa calle. Eso explica por qué recuerdo mi infancia con cierta nostalgia, con cierto dolor dulce, si es que decir eso tiene algún sentido. Esta es la razón por la que nunca he hecho demasiado caso a los estudios que hacen hoy los sociólogos y psicólogos sobre la repercusión actual de la pobreza en los niños o, como dicen ahora eufemísticamente: "en riesgo de exclusión social". De todos modos, no creo que haya que explicarles a estos indocumentados, que se rigen sólo por parámetros estadísticas o psicométricos, que la pobreza no está reñida con la felicidad. Es posible incluso que ésta última, al menos en ocasiones, lo esté más con la riqueza. Y esto se convierte en una mayor verdad si hablamos de la infancia.

Ahora adentrémonos en la foto. Observémosla con detenimiento. Es necesario recrearse en los detalles. Se trata de la calle Arrabal de Villademor de la Vega en los años 60 del siglo XX. Por cierto, el que la calle se llame Arrabal no quiere decir por eso que sea un arrabal o un suburbio y que por eso estuviese en peores condiciones que el resto del pueblo. No había diferencias entre las calles, ni entre el centro y la periferia. Os presento esta imagen de la calle porque, aun habiéndola vivido y sobrevivido, que no es poco, me sigue dejando atónito y sobrecogido tanto más cuanto más la observo. Hay que tener en cuenta que esta foto fue sacada en el verano del 68 o 69, no más tarde seguramente. Si es así, entonces, yo tendría unos 8 o 9 años, no más. Pero ante lo llamativo de la imagen, me pregunto: ¿yo he salido de ahí? La imagen es como un bofetón que me devuelve a la realidad y me coloca justamente ahí, en esa calle, aunque me parezca increíble. Esos y no otros son mis verdaderos orígenes. ¡Ay!

Sí, sin duda, yo nací ahí, en la fría primavera de 1960. Digo “fría” porque siempre me imagino que todas las primaveras de Villademor han sido frías. Más incluso antes que ahora, que gozamos de calefacción y otras comodidades impensables en aquel tiempo. Tal feliz acontecimiento ocurrió en esa primera casa que se ve a la derecha de la imagen, en la habitación a la que da luz la segunda ventana. Ahí me nacieron con la ayuda inestimable de una vecina que se llamaba Felisa Iglesias, que siempre tuve en estima, y el médico del pueblo, que se había empeñado en que veníamos dos niños. No era muy fino el tío, pero, por otra parte, no me extraña que errara el diagnóstico, mi madre siempre me dijo que, según marcó la vieja romana que había en casa, pesé al nacer cinco kilos. ¡Ahí es nada! Todavía conservo la vieja romana con la que aquella buena partera logró pesarme sin hacer demasiado caso, supongo, a mi desesperado llanto. Con todo, fue la única vez que me tomaron por dos. Después, nunca en la vida he valido más de medio y a veces aun ni eso.

La realidad que refleja la imagen bien podría situarse, al menos por su aspecto paupérrimo, en un tiempo muy anterior. De hecho, por alguna asociación extraña, esta imagen me lleva a recordar aquel viaje tan sonado que hizo Alfonso XIII a las Hurdes extremeñas en 1922. Las imágenes, en realidad, tienen cierta similitud por lo que reflejan de pobreza. Seguro que, si pensamos en esta misma calle en aquel año o más tarde, en el siglo XIX o incluso en el XVIII, no tendríamos que suponer demasiados cambios. Los cambios de la realidad rural, y, a decir verdad, también de la urbana, se han producido sobre todo a partir de mediados del siglo XX. Es posible que haya habido en Villademor más cambios, tanto materiales como culturales, en la segunda mitad del siglo XX que a lo largo de todas la épocas pasadas desde su aparición en la Edad Media (sabemos que en el año 924 ya existía Villademor). Tanto los materiales, como las técnicas de construcción, como la funcionalidad de las casas, como las ideas sustentadas por sus habitantes, no parece que pudiesen ser muy diferentes a lo que esta imagen nos sugiere.

¿Cuántas vidas ignoradas para siempre e insignificantes habrán pasado y paseado por esta calle? ¿Cuántas incluso perecieron en estas casas sin ningún tipo de reconocimiento? ¿Cuántas relaciones de todo tipo podríamos imaginar entre los vecinos que a lo largo de los años fueron habitando esas casas? Relaciones de amor, de odio, de indiferencia… ¡Ay! ¡Si pudiésemos recuperar las conversaciones que en su día oyeron las mudas tapias que encierra cada hogar!

Vamos a hacer un recorrido rápido por todas y cada una de las puertas de las casas y voy a decir, en homenaje a su memoria, los nombres de quienes las habitaban en aquellos años 60. Al menos de los que yo me acuerdo. La primera puerta es la mía, la de Pepe y Nina diríamos. La segunda, oculta casi por completo por las sombras, es la de la Sra. Consuelo y el Sr. Tasio. La tercera es la de la Sra. Benilde, que me quería con locura y de la que recuerdo sus torcidos dedos por el reuma que padecía y que le provocaba dolores constantes e invalidantes. La siguiente era la de Iluminada, a la que cariñosamente todos la llamábamos Minada y su marido Aníbal. Tenían estos una pequeña tienda de ultramarinos en esa casa que cerró muy pronto porque fue una de las familias que primero abandonaron el pueblo. Las dos siguientes no sé a quienes pertenecían (una de ellas a Aca y otra a Patrocino y Matías, pero esas personas, si mal no recuerdo, llegaron años más tarde, después de los 60) y la última que se ve en la foto era la de la Sra. Vitorina y el Sr. Celerino. La relación con los vecinos que estaban más allá de esa última casa era ya más distante sin llegar por eso a ser fría. La casa de enfrente, la de la puerta con hojalatas, era la de la Sra. Evelia, que era viuda. Por otra parte, si dijésemos los vecinos que vivían en el sentido contrario al que está sacada la foto, pero en esa misma acera, tendríamos que nombrar a la Sra. Flora, viuda también, después tendríamos la casa de Filo y Cencio, Carolina y Rafael, Jeremías, Encarna y Casimiro, Felipe y Balbi y por último la de la Sra. Felisa y el Sr. Pedro. Lo de aplicarles el distintivo de Sr. o Sra. era costumbre de la época y era sólo por el respeto que merecía su edad, no por otra distinción. Todos han muerto menos Filo y Cencio (2023), que, nonagenarios ya, van sorteando como pueden los embates de la vida. Se suele decir en estos casos que el tiempo pasa y que lo hace tan rápida como inadvertidamente. Ahora bien, mirando la calle con detenimiento, respecto del tiempo ya no estoy seguro de lo que digo: sería quizá más acertado decir que los que pasamos somos nosotros en realidad, la calle, de una u otra manera, como el tiempo mismo, permanece, siempre están ahí, siempre y en todo momento puedes salir a la calle y siempre en todo momento puedes decir “ahora estoy en la calle”, prueba de que la calle sigue ahí siempre, no ha pasado y de que el tiempo sigue ahí, contemplando cómo pasamos nosotros mientras él permanece. Pero de nosotros `no podemos decir lo mismo. El presente, evidentemente, siempre está presente, nunca pasa: siempre podemos decir: ahora. Porque siempre hay un ahora, siempre estamos instalados en el ahora. Es curioso, ese tiempo presente de alguna manera parece no pasar: permanece. Lo que pasa son todos los contenidos del tiempo: las cosas y las personas alojadas en el tiempo, éstas sí pasamos.

Tengo un ligero recuerdo, que me lo confirma mi hermana Elena, de cómo la señora Flora todavía hilaba lana al modo tradicional. La propia lana, supongo, que se producía en el pueblo cuando todavía había grandes rebaños de ovejas. Recuerdo cómo hacía girar su huso, sin embargo, no me acuerdo para nada de que usase rueca. Me llamaba mucho la atención y me contaba mi madre que de pequeño me regañaba porque quería coger el huso mientras aquella anciana vestida de negro, como todas las ancianas del pueblo de entonces, hilaba todas las tardes a la puerta de su casa. Incluso me contaba que cuando yo no hablaba apenas, todos los días le decía: “seora Fora, va a haber ube”, es decir, que iba a haber nube o, lo que es lo mismo, que iba a haber tormenta y que lo decía aunque el cielo estuviese completamente raso. Recuerdos familiares.

Yo siempre he definido Villademor como un pueblo de tierra. En efecto, así era, así fue: tapia y adobes revocados con barro y paja por doquier. En la imagen sólo se aprecia eso: tierra en sus distintas formas. El barro cocido era más escaso, las tejas y los ladrillos debían de ser ya un lujo arquitectónico. De hecho, los ladrillos se dejan ver en abundancia sólo en la iglesia. En las demás construcciones aparecen nada más que en los lugares imprescindibles. De eso podemos deducir que eran algo muy caro. Ni siquiera aparecen en los cimientos de las casas. Éstas no tienen cimientos. Y, sin embargo, resistieron y resisten aún. ¡quién lo diría!. Por eso en la foto únicamente se ve de ladrillo el dintel de la puerta delantera de mi casa, nada más.

Recuerdo perfectamente como estaba la casa entonces. Traspasado el umbral, ya en el primer portal (hoy diríamos pasillo), estaba solado de ladrillos que no de baldosas. Además, estos estaban asentados con barro y colocados de forma desigual e irregular. El cemento era entonces inaccesible y por tanto no se podían igualar ni nivelar. Alguno incluso se movía al pisarlo. A veces mi madre los untaba de lo que ella llamaba mazarrón, una especie de arcilla rojiza o almagre para darles un poco de lustre y color ocre. Pero la mayoría de ellos, aunque guardaban las formas primitivas, estaban rotos y nada podría darles más lucimiento.

Había un segundo pasillo más interior, separado del primero por unas cancelas de madera, técnicamente bien logradas, pues lucían unos numerosos y magníficos entrepaños, como si se tratasen de viejas puertas renacentistas. Y a lo mejor lo eran. Lo más curioso es que este segundo pasillo ya no tenía ningún tipo de pavimento, estaba de tierra apisonada. Recuerdo que tenía, además, una ligera inclinación que aprovechaba yo para hacer rodar las canicas y con ellas la imaginación, sin que tenga constancia de que ninguna de las dos llegase a ningún sitio especial. Con todo, me sigue llamando mucho la atención lo de habitar una casa sin baldosas en el suelo. Pero he de decir que era así. No obstante, es impresionante el ingenio utilizado por mi madre para evitar los inconvenientes de la ausencia de baldosas. Recuerdo cómo en aquella época mi madre, con un viejo y oxidado bote de conservas lleno de agua y al que le había practicado un pequeño agujero en el fondo, me dejaba hacer círculos y figurillas en el suelo apisonado con el fin de humedecer la tierra y no levantar demasiado polvo al barrer. Este hecho siempre me ha parecido muy singular a la par que imaginativo. No deja de ser revelador de lo que quiero decir: yo ahí en esa escena no veo un niño, como se diría hoy, en riego de exclusión social, sino que veo un niño que se divierte jugando y, a la vez, hace divertida la situación a los adultos, parece disfrutar en medio de aquella escasez. E imagino que la situación no era muy diferente en otras familias.

Recuerdo haber hablado esto alguna vez con mi padre, porque me extrañaba cómo él, siendo albañil, no pudo solucionar ese pequeño inconveniente de la falta de baldosas. Él me contó que un saco de cemento en los primeros años sesenta costaba casi tanto como lo que él ganaba al mes. No hay más que decir. Recordemos que sólo ocho años antes de nacer yo, en el 52, Franco había suprimido el racionamiento. Todavía la mayor parte de los recursos económicos, si no todos, se gastaban en las necesidades más básicas, principalmente en comida. De hecho, la pobreza se puede medir por la cantidad de Necesidades Básicas que quedan Insatisfechas (NBI) o, de otra forma, por los recursos que te quedan después de haber cubierto las necesidades básicas. En aquellos años era evidente que los recursos de los que disponían la mayoría de familias no daban para cubrir más que las necesidades básicas alimenticias y poco más. La vivienda podía esperar, tenía que esperar, pero también otras cosas se quedaban en la lista de espera: la salud, la educación, el ocio y muchos de los servicios públicos de los que gozamos hoy: red pública de agua potable y el alcantarillado principalmente. No nos olvidemos de lo que costó ponerlo. Eso implica que casi nadie tenía cuarto de baño en su casa por lo que la salubridad era precaria. Ahora bien, como no había colector público quien tuviese cuarto de baño, se veía obligado a conectarlo a una fosa séptica o a un pozo negro que casi siempre se hacía en la parte de atrás de la casa, en lo que todavía solemos llamar el corral. Y ello sin pensar en la posible contaminación de los acuíferos, porque seguramente, no muy lejos de tal sumidero, habría un pozo que serviría tanto para regar el huerto como para beber. No había problema. Bueno, no se veía el problema.  

Me viene también a la memoria cómo en una de las habitaciones había una viga rota que estaba sostenida con un puntal. Quiero pensar que tampoco había dinero para arreglarla. Al parecer, me contaba mi madre, durante la época más dura de la posguerra, sobre los años 40, cuando el pan con cebolla eran un manjar porque ni siquiera eso abundaba, mi abuelo Nemesiano Prieto, al que no conocí porque murió unos cuatro o cinco años antes de nacer yo, había tenido aquel año una buena cosecha de trigo y para que no se lo requisaran, lo escondió en el “doble” tapándolo con abundante paja por encima. Pero al tenerlo que concentrar todo en una parte del doblado, parece ser que una de las vigas cedió y hubo que apuntalarla porque aquello amenazaba ruina. Aquella historia, que pedía a menudo a mi madre que me la contara, me gustaba oírla reiteradamente porque, según parece, mi abuelo consiguió burlar al recaudador y eso por alguna razón engrandecía para mí su figura y su memoria. Por eso terminé idealizándolo considerándolo como un hombre no sólo valiente y capaz de enfrentarse al injusto fisco, sino también como alguien rico en ardides. Sin duda era el hambre la que avivaba el ingenio a la vez que enardecía la valentía. Curiosamente aquel puntal quedó integrado en la habitación como si fuese ya parte del inmueble, como si de una columna de la casa se tratase. Y después de conocer esta historia permaneció con más razón, como si se tratase de un hito izado y mantenido en honor de mi abuelo. Y perduró así durante años porque yo lo recuerdo sosteniendo, sin duda, más el recuerdo que el trigo.

Volviendo a la historia del trigo, si mi abuelo logró burlar con mucha valentía y no menos astucia al alcabalero, no lo hizo, al parecer, con los ladrones, pues mi madre siempre me contaba cómo un día, mucho antes de amanecer, su padre se despertó tan sobresaltado como atemorizado por causa de unos ruidos extraños que se dejaban oír tenuemente. Se oía cómo alguien arrastraba rítmica y repetitivamente algo. Los ruidos venían del doble:

     – El trigo –se dijo– me están robando el trigo.

     No sabía qué hacer, iba primero hacia un lado, luego hacia el contrario. Decidió, no supo por qué, salir a la calle, quizá con intención de pedir ayuda a alguien.

     – ¿A quién pido yo ayuda a estas horas si ni siquiera ha amanecido?

     No hizo falta, vio que una escalera estaba puesta en el bocarón. Alguien lo había forzado y había logrado entrar por él. Quitó la escalera con rapidez y habló alto y con determinación:

     – No sé quién está ahí arriba, pero quien quiera que sea no va a poder bajar, he quitado la escalera.

     Enseguida se oyó una voz femenina que desde dentro decía:

     – “¡Ay! por Dios, Nemesiano, soy yo,..., no te he cogido nada, pero sabía que tenías trigo, sólo iba a llevarme un poco, llevo casi un mes sin poder amasar y tengo mucha hambre atrasada.

     Mi abuelo, al parecer, aunque estaba muy enojado, volvió a poner la escalera, que, de repente, se dio cuenta de que también era la suya, razón por la que su indignación iba en aumento, y a pesar de que observaba que la mujer bajaba con cierta dificultad, no quiso ayudarla. Estaba tan furioso que casi antes de poner ella el pie en el suelo cogió con despecho su propia escalera y la metió para la portalada. Y aquella mujer marchó sin trigo y con la misma hambre con la que había venido. Su desconsolado llanto y su vergüenza le impidieron pedir perdón o hacer cualquier gesto de disculpa. Estaba todo dicho, estaba todo hecho, estaba todo mal.

    La ocasión hace al ladrón, – pensó Nemesiano– .

     Sin embargo, no estaba seguro Nemesiano de que el bondadoso y el honrado lo fuesen igualmente en cualquier circunstancia. Es decir, no se es igual de generoso en lo mucho que en lo poco. Más bien suele ocurrir, pensó el abuelo, que la honradez disminuya exponencialmente en ambas situaciones extremas: cuando no se tiene nada, la necesidad te obliga, cuando se tiene mucho, el poder te incita, te acerca a la impunidad. Con todo, es muy posible que la honradez se ponga a prueba más en la escasez que en la abundancia. Fue lo que le pasó a ... aquella mañana. Pero a Nemesiano, al menos en aquel momento, no le pareció que, aunque su situación explicaba sus actos, quedasen por eso justificados.

     Poco tiempo después, cuando ya se había calmado, subió a cerrar el bocarón y a arreglar la chaveta que la ladrona había roto. En realidad, la chaveta estaba no para impedir ninguna entrada, sino para que la portezuela no se abriese con el viento, pero ahora la aseguró, además, con un fuerte alambre para que quedase de nuevo bien cerrada. Después observó que aquella mujer pobre había dejado el saco del delito allí y pensó quedárselo para él. Contenía algo de trigo, de su trigo, todo lo que le había dado tiempo a meter. Lo vació con cierta rabia contenida y lo bajo.

     Sin embargo, cuando lucía ya el sol y después de haber comido las sopas del desayuno, con el estómago lleno se piensa de forma más templada, movido más por el sentimiento de compasión que por la idea de reparar una injusticia, llevó aquel saco, ahora no ya con trigo, sino con un poco de harina, para aquella pobre mujer. Era viuda y sabía que no tenía posibles y, además, la conocía de toda la vida y sabía de ella que no era mala persona, sino una persona con mucha hambre.

     – La fuerza del hambre –pensó– siempre termina por vencer a la de la moral. Quien lo experimentó lo sabe con más certeza.

     No lo podemos saber, pero es seguro que aquella mujer esa misma mañana se iba a poner a amasar de inmediato y, mientras reposase la masa, arrojaría (encendería) el horno con unas vides y unas cepas secas que siempre tenía guardadas para la ocasión. Ese día el pan tierno no le iba a saber del todo bien, nada sabe bien empapado en lágrimas, pero le iba a servir para mitigar, si acaso parcialmente, el hambre que hasta entonces no había podido más que engañar momentáneamente con algún comistrajo. ¡Cuánto le hubiese gustado a aquella mujer pobre hacer comprender a Nemesiano el dolor del hambre! Le hubiese gustado también, sin duda, enseñarnos a nosotros a comprenderla. Porque el hambre de entonces no era como la de ahora. Son incomparables: su hambre era un hambre que dolía, decía ella. Ciertamente el hambre que se pasó entonces, de la que aquí hablamos, no es el hambre actual, no es el hambre de un día que no has podido comer o cenar. Esta hambre de hoy es casi deliciosa, posibilita el goce anticipado de poder ser reparada y, a su vez, la propia reparación resulta siempre muy agradable. En cambio, aquella hambre, decía, no sólo era acuciante, acumulada y persistente, sino que era también muy dolorosa. Según parece, insistía siempre y mucho en ese calificativo. Y lo decía, entiendo yo, no sólo porque era físicamente enfermiza, era evidente que producía desarreglos graves en la salud, a cada cual de distinta manera, sino porque psicológicamente te destrozaba. No se veía un futuro próximo sin hambre, no había por tanto consuelo posible, era una situación vital aporética e inconsolable. Por eso se podría decir incluso que no sólo dolía y te hacía enfermar en sentido físico, sino que dolía más incluso en sentido psicológico. Era éste un sufrimiento calamitoso, desesperanzado y pertinaz, no era una mera perturbación incómoda y pasajera, sino una aflicción penosa, triste, angustiosa y constante.

      La noche había sido muy dura para ella. La oscuridad y su falta de destreza no la habían protegido lo suficiente, pero el día, según parece, iba a ser mucho más amable. No se había atrevido a pedir más harina fiada, quizá sabía que ya no se la iban a prestar, y, sin embargo, después de todo, alguien se la ofrecía sin más contrapartida que una vergüenza ya pasada. Rara vez ocurre, pero a veces la fortuna termina por sonreír a los necesitados.

Esta es una historia familiar. Cada familia, supongo, tiene las suyas, pero ésta en concreto me hace pensar que sería interesante investigar más en profundidad cómo habrían sido las condiciones materiales de vida de las mujeres de entonces y en particular de las viudas. La posguerra había sido cruel para todos, pero con ellas se habría ensañado especialmente.

Conocidas estas historias domésticas, extensibles a casi todo el mundo de la época, parece ridículo, casi infantil o incluso vergonzante, que los nuevos psicólogos positivos vengan ahora a recomendarnos resiliencia, palabra de moda, ante las crisis que ahora padecemos. ¿Qué pensarían aquellos hombres, me pregunto, de nuestras "desgracias" actuales? Recuerdo que mi otros abuelo, mi abuelo paterno, Eustaquio Centeno, después de jubilarse, decía con cierto desconsuelo, pero con indudable resignación estoica: "Ahora que empezábamos a vivir bien, vamos a tener que morirnos"

El puntal aquel me lleva a otro recuerdo, porque junto a él, en la viga que sostenía había un clavo con una argolla. ¿Qué hacía allí aquella argolla? No era para colgar el gocho, seguro, porque la viga era más bien sencilla, por eso se partió con el peso no acostumbrado del trigo. Entonces, ¿para qué había servido? Yo nunca había visto su utilidad. Pero sí la había tenido. En sus tiempo había servido nada menos que para "sustentar una familia". Me contaba mi madre que había servido como punto de sujeción del telar de mi bisabuelo Braulio Prieto. Al parecer había sido tejedor. Y no de los malos según ella. A las pruebas me remito, porque en casa todavía quedan mantas de lana hechas por él que siguen calentando los sueños de invierno que, en León, ni fueron ni son nunca suaves. Incluso todavía conocí, en el doble, allí desarmados, todos los listones y artilugios del telar que, según necesidad, han ido desapareciendo para otros usos. Me hubiese gustado saber cómo era todo el artilugio, ver cómo tejía, cómo diseñaba sus mantas o incluso si tejía otras telas. No obstante, el telar tenía que ser grande porque el tamaño de las mantas no era pequeño. Una pequeña industria artesana y doméstica que se perdió para siempre. Era inevitable.

Así pues, cuando yo nací el conjunto interior de la casa, visto con ojos actuales, todavía reflejaba una pobreza extrema. Digamos que la escasez era tal que, aunque la comida nunca faltaba, la situación general se parecía demasiado a la miseria. Recuerdo cómo una vez mi madre, cuando yo no tenía más de ocho o diez años, de dos jerséis viejos y rotos de mi padre los deshizo y tejió otro “nuevo” para mí. Era de lana azul y granate mezcladas. A mí me resultó precioso y por supuesto lo tuve por nuevo. Lo recuerdo con una cremallera en uno de los hombros para poder meter la cabeza sin dificultad. Es el que tengo puesto en esta foto de la escuela del año 68-69 aproximadamente (soy el que está de pie a la derecha del todo, el más alejado del D. Laurentino, mi buen maestro). Con este ejemplo del jersey quiero subrayar que yo de niño nunca viví ni fui consciente de la pobreza como tal. Esta apreciación sólo tiene sentido tomada retrospectivamente.

 

Volvamos de nuevo a la imagen de la calle. ¿Qué refleja? ¿Miseria, escasez, necesidad…? Desde la perspectiva del acomodado presente es evidente que no refleja abundancia de ningún tipo. Refleja un pasado aparentemente muy lejano. Sin duda, pero es mi pasado, lo quiera o no, y no puedo renunciar a él. Lo quiero hacer presente sobre todo para que lo conozcan los que no lo vivieron. Pero resulta que cuando lo cuento, sobre todo a los jóvenes, les parece que les estoy contando vivencias de la Edad Media. Por eso me dicen que la foto parece impropia de haber sido vivida por alguien del presente, pareciera que forzosamente habría de ser anacrónica y que, en rigor, habría que situarla en un tiempo muy anterior. ¿Cómo es posible, se preguntan, que en tan poco tiempo se hayan producido tales y tantos cambios materiales? Eso es lo que se pregunta el inconsciente que en ocasiones coincide con el joven quejumbroso al que a menudo le molestan las pequeñas incomodidades actuales. De haber vivido aquello no le molestarían éstas.

De la calle sigo recordando la mayoría de detalles, el empedrado que todavía se ve parcialmente a la derecha en la puerta principal de la casa. Una puerta, por cierto, enorme y pesada, de quicio, que al abrirla o cerrarla producía un ruido característico que todavía resuena en mis oídos. Conservo su enorme llave que, por cierto, casi nunca se utilizaba, pues, excepto por la noche, la puerta siempre permanecía abierta. Y por el día, cuando no quedaba nadie en casa, se cerraba con esa llave y se dejaba colgada en la portalada, al lado de todas las herramientas de mi padre, de modo quedaba disimulada entre tantas tenazas, alicates, martillos y demás. Pero la mayor parte del tiempo permanecía abierta y podía entrar cualquier persona y de hecho así era. El que llegaba entraba llamando, pero entraba, no se detenía, sólo decía el nombre de mi padre o de mi madre y eso bastaba para pasar hasta la cocina. Recuerdo esa confianza, no sólo de los vecinos, sino de todos los del pueblo: ¡Nina! ¡Nina!... y ya los oías pasar. O bien el nombre de mi padre: ¡Pepe! ¡Pepe! ... la mayoría los conocías por la voz. Las puertas de atrás se cerraban sólo por la noche con el “clavijón”. Todavía en la foto se ven sendas piedras colocadas al lado de los quicios de cada una de ellas para que los carros, tirados por entonces por bueyes o mulos, no dañasen al pasar las “enteras” de las puertas.

En la imagen no se ven los cables por debajo de los aleros en los que se posaba siempre algún pardal. Recuerdo cómo los cables desnudos, que iban de jícara en jícara, todas ellas de vidrio verde o de porcelana blanca, distribuían la escasa electricidad por la casas que muy frecuentemente se marchaba. Esa electricidad sólo servía para alumbrar, no había ningún electrodoméstico, aunque yo recuerdo un aparato de radio bastante grande por el que escuchábamos, por las mañanas “el parte” en Radio León o Radio nacional, y por los noches, que se podían coger más emisoras, escuchábamos Radio Andorra, aunque, a decir verdad, no sé por qué esa emisora y no otras.

Quiero pensar que cualquiera de Villademor todavía pueda identificar esta calle nada más ver la imagen. La fotografía fue tomada por la primera cámara fotográfica que yo conocí, una compacta de bolsillo, que no era mía, por supuesto, sino de un primo. Creo recordar incluso que era una Kodak Instamatic, no estoy seguro, me suena, aunque pudiera ser un falso recuerdo. En cualquier caso, ese detalle no tiene mucha importancia. Fuese como fuese, aquello era algo muy novedoso para la época. Lo que importa es la instantánea que logró recoger y que he querido mostraros y, con ello, demostraros que no es cierto que una imagen valga más que mil palabras, porque sólo para describir unas pocas cosas de la imagen es evidente que ya llevo muchas más palabras de mil.

Fijémonos ahora en algunos otros aspectos de la imagen. Ciertamente tanto si nos fijamos en lo que está presente, como en lo que está ausente, todo parece reflejar escasez, pobreza, casi penuria. Por empezar por lo ausente: se puede observar que no hay aceras. Lo más parecido era un empedrado no siempre amable para los pies, pues ni siempre estaba bien nivelado, ni tampoco era continuo a lo largo de la calle. Hicieses lo que hicieses, siempre te manchabas los zapatos, de barro por el invierno y de polvo por el verano. Quizá en algún tiempo sí hubo un empedrado continuado a lo largo de la calle, pero es evidente que cuando yo jugaba ahí ya no era el caso. Por eso se hacía necesario limpiar los zapatos de vez en cuando. Una tarea tan ingrata como necesaria, pero quizá por eso mismo importante. Mucho más necesaria y más importante que hoy, por supuesto. Porque hoy no se manchan. Uno descubre pronto que casi todos los hechos ingratos terminan por considerarse virtuosos, aunque, a decir verdad, limpiar los zapatos periódicamente era, sin duda, más ingrato que el reflejo de ninguna virtud. Los domingos, no obstante, había que reservar un tiempo para ello. Había que vestirse de domingo. Sólo los domingos, después de hacer alguna faena en casa o en el campo, nos mudábamos de ropa para ir a misa. Estábamos toda la semana con la misma ropa. Era una norma no escrita de entonces. Y había sus razones, lavar la ropa costaba realmente mucho tiempo y mucho esfuerzo a las mujeres. Aunque respecto a los zapatos, a decir verdad, también eran las madres las que se ocupaban de la tarea ingrata de limpiar con betún los de toda la familia. O como se decía todavía en Villademor en la época, se limpiaban con “servus”, que, según parece, era una marca de betún que se convirtió en nombre genérico por entonces. Ha ocurrido después lo mismo con otras marcas como Kleenex, Jeep o Aspirina.

Toda la calle, en invierno al menos, estaba llena de charcos, barro y paparrucha. Cruzar la calle suponía a veces una aventura transatlántica y excepto cuando helaba fuerte, que el barro se congelaba y se podía pisar por encima sin miedo a mancharse o a hundirse, siempre volvíamos a casa con los zapatos embarrados. Después, ya en casa, al calor de la “chapa de carbón” (no había dinero todavía para las cocinas bilbaínas, que llegarán poco después), el barro se secaba y se desprendía de los zapatos y todo el suelo se llenaba de tierra, de modo que terminaba repartido en forma de fino polvo por todos los rincones de la casa. El barro y el polvo, cada uno en su momento, eran omnipresentes.

Recuerdo que mi madre siempre me advertía de la necesidad de mantener los zapatos limpios: “son el espejo del alma”, decía. No el rostro, no, los zapatos. ¡Qué curioso! Ella veía también en los zapatos el alma de las personas. Y quizá no le faltase razón, tan importante como aprender a lavarse incluso en agua sucia, era aprender también a no mancharse en pleno lodazal, interpretemos ese mensaje tanto en sentido material, como moral. Es más, unos zapatos limpios, pensaría, reflejan una persona ordenada de la cabeza a los pies y tan aseada por fuera como por dentro. Eso pienso yo que pensaría ella. Pensamiento que no estaría en desacuerdo con la mentalidad y la moralidad cristiana propia de la época. Una mentalidad que, como el barro y el polvo, impregnaba y modulaba todos los actos de todos.

A este respecto recuerdo cómo de niño, cuando jugábamos, siempre en la calle por supuesto, y teníamos que regresar a casa a curarnos algún desollón de la rodilla o del codo, nuestra madre, al optar por varias posibilidades de cura: el agua oxigenada o el alcohol principalmente (después ya apareció la mercromina), siempre optaba por la más dolorosa, por el alcohol. Pero no la escogía precisamente por ser la más dolorosa, sino que precisamente por ser la más dolorosa pensaba que era la más eficiente. De nuevo la virtud, en este caso la virtualidad de un fármaco, siempre habría de ir unida al sufrimiento. Era otra de las normas morales no escrita de la época. En caso de duda lo más penoso era lo preferible porque reflejaba lo más virtuoso o, como en este caso, lo más eficiente. Ideología propia de la moralidad cristiana y propia también del médico de familia, que no era otro que la madre, siempre la madre.

Hoy día eso no se entiende. Vivimos en un tiempo demasiado hedonista y frívolo. De hecho, ni siquiera hay virtudes ni vicios morales como se decía entonces en las catequesis de D. Eloy, aquel cura tan sabio como singular. Hoy, por el contrario, la moralidad se ha psicologizado y aparentemente ha perdido terreno, pero, sin embargo, en otros aspectos se ha hecho más intransigente,  rigorista e incluso prohibicionista. Yo recuerdo en la catequesis, justamente durante los años en los que corría por esa calle de la foto, estudiar los siete pecados capitales. Creo recordar que el orden en el que los estudiábamos era el siguiente, a saber:  “Los pecados capitales son siete. El primero, soberbia, el segundo, avaricia, el tercero, lujuria, el cuarto, ira, el quinto, gula, el sexto, envidia y el séptimo, pereza”. Después estudiábamos que estos se combatían con sus correspondientes virtudes: “Contra la soberbia, humildad, contra la avaricia, largueza, contra la lujuria, castidad, contra la ira, paciencia, contra la gula, templanza, contra la envidia, caridad y contra la pereza, diligencia”. Pero ¿qué tendrá que ver esto con la calle, se preguntarán algunos? ¿Por qué, pensará el lector, he dado este quiebro y he cambiado de registro de repente? En realidad, yo no veo que haya cambiado demasiado, sólo he cambiado la lente desde la que miro lo que pasaba y lo que pensaban quienes paseaban por aquella calle. Porque es evidente que lo que sucedía o lo que se hablaba en aquella calle habría de pasar necesariamente por ese prisma moral cristiano. Hoy, por el contrario, como decía, eso ha cambiado considerablemente. Y, en rigor, aquella moralidad no se ve en la imagen que hemos puesto de la calle, por supuesto, pero si se ha vivido en ella, enseguida se da uno cuenta de que aquel espíritu es como el polvo y el barro de la calle, era algo omnipresente, pues todo lo impregnaba. Y de una u otra forma nos ha quedado dentro. Ahí parece ausente, pero se respiraba. Hoy ya no se habla o se actúa buscando fundamentos, justificaciones o explicaciones éticas o morales, sino psicológicas o sociológicas. Y el asunto no es baladí, porque lo que en aquel tiempo era pecado o vicio, ahora, qué curioso, se cataloga como trastorno de la conducta. Éste has sido un cambio trascendental. De ese modo la culpa o incluso la responsabilidad quedan diluidas. Aquellos pecados de entonces resulta que ahora han dejado de serlo, ni siquiera son catalogados como conductas inmorales o inéticas. El criterio para la crítica ya no es moral, sino que suele ser psicológico. Por ejemplo, la gula, el menos capital de los pecados de entonces, ahora se identifica con un desorden alimentario llamado TAC. A los psicólogos les gustan mucho los acrónimos, así parece que dicen algo más esotérico, por eso ahora a la gula de siempre la prefieren llamar TAC, que no significa otra cosa que Trastorno de la Conducta Alimentaria. Y así ocurre con los demás. La pereza: es un trastorno distímico. Soberbia: trastorno narcisista. Envidia: trastorno paranoide. Avaricia: trastorno obsesivo compulsivo. Ira: trastorno antisocial. Lujuria: quizá se pueda identificar con un trastorno histriónico o de adicción al sexo. Así pues, es evidente que la calle ha cambiado desde un punto de vista material, cualquiera lo puede ver porque se refleja de forma ostensible en la foto, pero los cambios morales o, en general, los de carácter cultural son más difíciles de describir y de precisar, no se dejan ver tan fácilmente, pero a mí siempre me ha resultado muy interesante el análisis de su transformación. Pero no sigamos por ahí, no quiero aburrir.

Vuelvo ahora a hacer un ejercicio de reminiscencia. Teniendo la imagen de la calle en invierno en la memoria, recuerdo una anécdota, no muy agradable, por cierto, que me quedó grabada para siempre y que tiene que ver con el barro de la calle y con el estado miserable del pueblo en general. Resulta que después de esto que voy a contar, pisar barro y manchar los zapatos me sigue resultando, cuando menos, preocupante y, a veces, como un niño inconsciente y rebelde me apetece meterme en los charcos. Pero ya no hay. La anécdota a la que me refiero me pasó sólo unos pocos años después de esa foto, allá por el 73 o 74, y sirve también para ilustrar no sólo lo que manchaba el barro de la calle, sino para ver lo que suponía la limpieza de los zapatos y la importancia de las consecuencias, no estéticas, sino éticas, de no llevarlos limpios. Recuerdo que por aquel entonces estaba ya cursando el bachillerato en el instituto de Valderas, 13 o 14 años tenía, no más. Por cierto, no es despreciable considerar que tenía que desplazarme todos los días a treinta y tres kilómetros de Villademor hasta el instituto más cercano. En invierno, recuerdo, salía de noche y llegaba de noche al pueblo. Hoy, haber estudiado en aquellas condiciones me parece toda una hazaña que me hace preguntarme de dónde salió mi fuerza anímica para estudiar y no desfallecer en el intento como les ocurrió a tantos otros chicos del pueblo. No lo sé, quizá del esforzado ejemplo de mi padre. Realmente no lo sé. En cualquier caso, recuerdo que un día, al llegar a clase, cuando entrábamos, el profesor de latín al que apodábamos “Braulio”, por su poblado bigote, como el cartero de Crónicas de un pueblo, la serie de moda de entonces que veíamos en la recién estrenada televisión, me dijo que yo con aquellos zapatos tan manchados de barro no podía entrar a su clase. “Es que…, es que…”. Intenté explicarle, pero… no hubo manera, no me quiso escuchar. Debía de pensar como mi madre, que los zapatos eran el espejo del alma y no podía permitir en su aula un alma tan descuidada y sucia. Es posible que así fuese, porque dijo: “si quiere usted entrar tiene que dejar los zapatos fuera, en el pasillo”. La decisión recuerdo que fue dura, tardé en decidirme unos segundos que a mí me parecieron minutos y él sostuvo su mandato con arrogancia mientras mi indecisión me contrariaba. Por último, me los quité, la alternativa me pareció mucho peor que porfiar en mi orgullo. Entré y entendí con pesar la lección moral, no exenta en ese caso de humillación pretendidamente edificante. Tragué mi infantil orgullo y seguramente aquel día decliné y traduje descalzo y con los pies fríos. Si era invierno, pensé, había siempre barro, ergo... No entendía. Nadie, en realidad, andaba con los zapatos limpios, ¿por qué a mí solamente? ¿Porque estaban más manchados que los de los demás? No lo sé, pero es evidente que fui el chivo expiatorio. El castigo pretendía ser ejemplarizante más que ecuánime y justo. Recuerdo cómo al terminar la clase, quiero imaginar que después de traducir cómo los soldados de Cesar pasaban el Rubicón, eso sí, “sin mancharse los pies”, quise explicar mi circunstancia a aquel hombre pegado a un bigote. Sí, recuerdo haberle enseñado la pequeña linterna de mano que llevaba en el bolso del abrigo, le quise hacer comprender que salía de casa de noche y volvía al pueblo de noche y que no había aceras ni apenas alumbrado. Conducirse entre los charcos de la calle era, con toda seguridad, una tarea pocas veces exitosa. Llegar con los zapatos limpios con aquel tiempo y en aquellas circunstancias era de todo punto imposible. No recuerdo la reacción del aquel execratus praeceptor, pero, mejor así, prefiero no recordarlo. La mala memoria seguramente es en muchos casos una buena aliada: Freud. Con todo, estoy seguro que maldije su bigote y su excesiva rigidez disciplinaria y poco pedagógica. También los malos profesores nos influyen y, curiosamente, no siempre de forma negativa. En ocasiones, detestable “Braulio”, los discentes adquieren una buena educación a pesar de las malas prácticas de los docentes. Eso ha ocurrido siempre, entonces y ahora, tunc et nunc que dirías tú, “Braulio”. Quizá aprendimos algo de latín muy a tu pesar.

De nuevo vuelvo a la imagen. En ella no se ve tampoco alumbrado público alguno. Quizá ahí no lo hubiese todavía, pero yo sí lo recuerdo de siempre. Era escaso, pero lo había. No sé cuándo lo pusieron, pero sí recuerdo que en toda la calle Arrabal, que, como sabéis, es muy larga, habría cuatro o cinco bombillas, no más. Estaban cubiertas por un plato blanco esmaltado de blanco (como el de la imagen). Pero entre bombilla y bombilla no se veía absolutamente nada. Y mucho menos si ibas por la Ronda, calleja olvidada por todos y en la que, por supuesto, nunca hubo alumbrado hasta hace unos pocos años. Ahora bien, la escasa luz nocturna tenía ciertas ventajas, uno podía pasar desapercibido y sin ser reconocido cuando iba de noche por la calle. Y, por otra parte, se podían ver con toda nitidez las estrellas, algo que hoy ya se hace imposible incluso en el pueblo, la contaminación lumínica lo impide. Es una pena. Recuerdo cómo mi padre, como buen hijo de pastor que era, me enseñó a distinguir las principales constelaciones. Y a buscar el norte tanto en la vida, como en el cielo nocturno, a buscar la estrella polar a partir de una línea imaginaria que saliese de la parte posterior de la Osa Mayor, que llamábamos el Carro, pues la imaginábamos con forma de carro no de osa. La mitología agrícola, más técnica en este caso, se había sobrepuesto a la más antigua del paleolítico, que había sido de carácter zoomórfico como todo el zodiaco.

Recuerdo la ingente cantidad de gorriones que había entonces. En Villademor habitualmente los llamábamos, quizá con más razón de ser: pardales. Cuando ya éramos un poco mayores los cazábamos con las escopetas de aire comprimido. Hoy, que ya no los caza nadie, sin embargo, están diezmados por los herbicidas e insecticidas de uso indiscriminado y letal. Conservo en la memoria, no sé con qué edad, quizá con doce o trece años, que salía de vez en cuando con la escopeta de perdigón a matar pardales, no sé muy bien por qué, y menos aún para qué. Si no los comíamos... ¿para que los matábamos? La justificación la encontrábamos en que hacían daño a las cosechas, ergo... sospechábamos que matarlos no era del todo malo. No juzguemos anacrónicamente con conciencia ecologista actual lo que hacíamos entonces. Las ideas y las ideologías eran muy otras.

Recuerdo, sobre todo una vez que, al salir de casa con aquella escopeta de balines, estaban como siempre tomando el sol los ancianos de la calle. Uno de ellos, qué importa quién, me dijo que si le dejaba tirar un tiro. Ingenuo de mí, quise enseñarle a apuntar y recuerdo que le indiqué que tenía que poner en línea el punto de mira con el pájaro. Recuerdo que me miró con displicencia y me dijo: “qué me vas a enseñar a mí, hijo, si yo estuve en la Guerra”. No volví a coger aquella escopeta para matar nada, nunca más. Se me heló el corazón. Aquel hombre se estaba refiriendo evidentemente a nuestra Guerra Civil. Yo quería saber cosas de aquella Guerra y en aquel tiempo en el pueblo no había manera de leer nada sobre ella, no había libros sobre la Guerra civil. Aunque nos parezca extraño, no había ni siquiera posibilidad de leer el periódico. Tampoco hubiese servido de mucho, la dictadura y la censura regían también los periódicos, sobre todo los periódicos. Para informarse era mejor la radio quizá. Pero lo curioso, lo que yo no entendía, es que nadie quisiera contar nada de lo que vieron y vivieron en aquella aciaga guerra. Resultó, incluso, que uno de aquellos ancianos, aparentemente apacible, había estado nada menos que en la batalla del Ebro. Y, nada, tampoco quería contar nada. Parecían estar todos confabulados en el hermetismo, nadie quería hablar absolutamente nada sobre la guerra y mucho menos sobre los acontecimientos que durante ella se habían producido en nuestro pueblo. Sobre los “paseos” que habían dado a algunos vecinos, algunos con éxito, otros no. Pero a mí todas esas cosas me interesaban tanto que debí de insistir muchísimo y con el tiempo logré que uno de ellos me contara algunos de sus recuerdos: los piojos, el coñac Saltaparapetos, los “paisas” (soldados moros que acompañaban al ejército de Franco) y, sobre todo, me llamó la atención lo que contaba del miedo. "No se cabía de miedo en las trincheras", decía. "Se respiraba miedo por doquier, miedo a morir, pero también -decía curiosamente- miedo a matar". Nunca me atreví a preguntarle si aquel afable anciano había matado a alguien. Curiosidad de niño quizá. No sé muy bien por qué, pero yo quería saber sobre todo aquello. Sin embargo, tiempo después, cuando volvía a verle a diario tomando el sol, con cara de cálido y agradable abuelo, me preguntaba: ¿cómo alguien que podría haber matado a alguna persona o quizá a muchas, podía estar tan tranquilamente paseando en mi calle, frente a mi casa? Me preguntaba cómo se puede llegar a matar a alguien que no te ha hecho nada en particular. ¿Qué transformación ha de sufrir nuestra conciencia moral para obrar tal milagro y pasar de pensar que, en ciertas circunstancias, matar a alguien sea un asesinato reprobable y punible, a pensar que sea una heroicidad admirable? Era un dilema moral nuevo para mí, pero tan viejo como la humanidad. La vieja y compleja dialéctica de la ética frente a la moral que he estudiado en profundidad mucho después. Más tarde descubrí que era el mismo dilema que se planteaba Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo de Dostoyevski que yo leería años después.

En aquella época no leía. Pero no leía porque nadie leía en Villademor. No había tal posibilidad. Quiero decir que no recuerdo haber visto en todo el pueblo ningún libro, ni ningún periódico, ni nadie que leyera o tuviera tal hábito. Nadie es nadie, quiero insistir en eso. Uno mira la foto de arriba y ¿acaso uno se puede imaginar a alguien leyendo ahí? Creo recordar, no obstante, que el único periódico que llegaba al pueblo venía por correo postal. Era el ABC, con algún día de retraso supongo. Y venía a casa del Sr. Ernesto, un señor que para mí era ya anciano, yo creo que nadie más en el pueblo leía el periódico. Sin embargo, no me atrevo a poner fecha a ese recuerdo, quizá sea muy posterior al tiempo del que estoy hablando.

Hoy todavía me molesta oír decir a todo el mundo que hay que leer, así, sin más. También dicen que hay que hacer ejercicio y que hay que ser tolerante y solidario y demócrata y tener valores. Lo dicen siempre todo así, a granel, sin especificar. Como si eso quisiese decir algo. Y, sí, sin duda que conviene leer, y leer mucho, pero en aquel tiempo y en aquel lugar leer era un auténtico lujo. ¿Quién iba a tener tiempo para tal ociosidad? Pasaba con la lectura lo mismo que con el deporte. Si nadie practicaba deporte es porque tal actividad se hubiese considerado un pérdida de energía y de tiempo, un lujo indecente. La energía había que reservarla para el trabajo, lo demás era perderla de forma gratuita. Ciertamente la práctica de cualquier tipo de “cultura circunscrita” requiere cierta ociosidad y tener cubiertas las necesidades básicas, algo que, en aquel entonces, evidentemente nadie las tenía. Ganar el pan era prioritario. Ya lo decían los clásicos: primum vivere, deinde philosophari. Es decir, sólo después de tener asegurados los víveres se puede dedicar uno a la filosofía, por más que ésta también sea provechosa y útil. En el bar tampoco había periódico como lo hay hoy. Curiosamente tampoco en la escuela leíamos ningún libro. ¡Qué tristeza! Nadie nos aficionó a la lectura en la infancia. Qué horror y que error pedagógico tan enorme. Después tampoco, porque a partir de los 12 o 14 años había que empezar a ayudar en casa y hacer pequeñas tareas. Los pocos libros que había en la escuela los recuerdo metidos en un armario que no abríamos nunca. Cuando reformaron la escuela regalaron los viejos libros allí conservados y recuerdo haber llevado algunos libros para casa que todavía conservo como viejas reliquias (entre otros los de la imagen adjunta). Y, en efecto, analizados con los ojos actuales quizá fue mejor no haberlos leído. Su enseñanza era ideológicamente tendenciosa, anticuada y retrógrada. No cometamos el error de pensar que leer siempre es bueno. Depende de lo que se lea, cómo se lea y con qué luces y con qué finalidad. Las lecturas son como las compañías, algunas son tóxicas y no todo el mundo está inmunizado.

Está claro que durante la infancia mi pasatiempo no era la lectura, desde luego, era la calle. Jugar al balón en la calle, que no al fútbol. Todo lo bueno parecía pasar en la calle. Jugar y jugar con los amigos era el mayor de los placeres, quizá también el mejor de los aprendizajes. Por eso aquellos amigos lo fueron, lo son y lo serán para siempre. De todas formas, alguna vez mi madre me traía algún tebeo del Capitán Trueno. Me gustaba aquel héroe que remediaba injusticias. Pero, no obstante, no sirvió para despertar en mí la afición por la lectura. Eso no ocurrió tan temprano como hubiese sido deseable, y no tanto porque, como decía, no hubiese, a partir de cierto tiempo, libros o tebeos, sino porque teníamos la calle y disfrutábamos de ella. La calle era nuestro principal libro. Hoy los niños podrían leer más porque no “tienen calle”, sin embargo, su entorno está plagado de pantallas que les alejan de cualquier forma de literatura. Y ello a pesar de que justamente a través de esa pantallas podrían acceder si quisieran a toda la literatura universal. A toda. Toda la buena literatura hoy se puede leer casi gratis. Pero no se hace. Es difícil enseñar a los chicos a disfrutar de la lectura y a encontrar su utilidad. Lo que un maestro consigue en un día de enseñanza se lo estropean las pantallas en cinco segundos. Las leyes educativas, formalmente cambiantes para dejarlo todo como estaba, tampoco propician demasiado la pasión por el saber y por la lectura sosegada. Los profesores se han convertido en burócratas. La enseñanza se ha mercantilizado, quizá por eso en ocasiones se mide en créditos. Y si se mide en créditos es porque se buscan réditos. Los padres, los alumnos y desgraciadamente también los profesores sólo buscan rentabilidad a corto plazo. Por eso los alumnos preguntan siempre: y esto, ¿para qué sirve? Da igual que sean las matemáticas que la filosofía. Prima el puro utilitarismo pedagógico. Sólo quieren estudiar lo inmediatamente útil y lo económicamente rentable. No han descubierto la utilidad de lo inútil y terminarán dándose cuenta, aunque tarde, de la inutilidad agobiante de lo útil.

Yo recuerdo descubrir la lectura algo tarde, justo cuando empezó a perder importancia la calle, ya con catorce o quince años. Un día mi hermana, que a la sazón ya se había ido a estudiar la carrera a León, me trajo un libro de la biblioteca pública, una novela, un superventas de la época: Papillón, se titulaba, de Henri Charriere. Nada especial. No hace mucho compré un ejemplar de la misma edición (del año 1973) con intención de releerlo, pero no sé si me atreveré. Recuerdo que a pesar de los estímulos de mi hermana para que lo leyese, lo comencé a leer con cierta desgana, me parecía muy voluminoso, pero leídas las diez primeras páginas ya no pude parar. Y fue entonces cuando descubrí que me gustaba leer. Es más, aprendí a concentrarme en la lectura. De repente, abrir aquel libro fue asomarme a otro mundo. Un mundo nuevo y, además, apasionante. La calle empezó a perder importancia y a partir de entonces los amigos iban a buscarme a casa para que saliese con ellos y a veces les costaba convencerme, aun así, siempre lo hacía. Pero ya nunca he dejado de leer. Esperemos que no se me apague la luz de los ojos y la salud me permita seguir haciéndolo.

Algo muy positivo en aquel entonces fue el descubrimiento del Círculo de lectores, que tanto bien hizo por el desarrollo de la cultura rural. A mí al menos me sirvió para acercarme a la lectura de la literatura. Sólo había que esperar al correo cada cierto tiempo. No hubiésemos podido leer tanto de no haber existido tal iniciativa editorial. Por aquel tiempo recuerdo haber comprado algunos de los clásicos que todavía conservo como reliquias que no han pasado de moda: Cervantes, Quevedo, Neruda, Aleixandre, Unamuno... Nunca decepcionan.

Pero no mucho tiempo después vino el gran descubrimiento que me cambiaría la vida: el encuentro con la filosofía, que también fue accidental. Un día, ya en el instituto, con no más de 16 años, vino un profesor al que no conocía, no me daba clase aquel curso. Después supe que se llamaba Ignacio y al año siguiente me terminó dando clase de filosofía. Entró en el aula y dijo:“¡tú, tú y tú, conmigo, venga! ¡Tenéis que ayudarme!” No pudimos negarnos, tampoco debíamos o quizá tampoco queríamos, no dejaba de ser una novedad. Enseguida nos informó de la tarea. Estaban trasladando la pequeña biblioteca para otro lugar más amplio, de modo que aquel día, subido en una escalera, yo me encargaba de bajar los libros de los estantes más altos y dárselos a mi compañero que los llevaba en un carrito para la nueva biblioteca en la que el otro compañero los colocaba de nuevo. Pero ocurrió algo que hoy me sigue sorprendiendo. Al coger un bloque de libros para pasárselos al profesor, el último libro del estante cayó en la balda haciendo un ruido sordo y seco como quejándose por no haberlo cogido. Mientras marchaban con el carrito lo puse de pie de nuevo, pero al colocarlo en su sitio me fijé en la portada: reflejaba la cara de un hombre con un enorme mostacho que le tapaba toda la boca, pero sus ojos fijos y su mirada penetrante y acerada parecieron fijarse a mí. No cabía duda, era el libro el que se había fijado en mí más que yo en él. Aquel hombre, aquel libro me miraba de soslayo, me llamaba a la vez como para hacerme partícipe de su gran enigma. Entonces leí el título, pero no le dijo nada a mi mente virginal: Así habló Zaratustra. Además, el autor me pareció, en un primera lectura, impronunciable: Friedrich Nietzsche. Pero por alguna razón, subido a aquella escalera, lo abrí por alguna página y, ¡oh maravilla!, algo que leí resultó como un flash, un deslumbramiento, una revelación. No sé lo que leí, no lo recuerdo, pero sí me acuerdo que el profesor, un poco después me contó algo de lo que yo, al parecer, no me había percatado. Parece ser que llegó de nuevo mi compañero y el profesor con el carrito a por más libros y me vieron subido en la escalera tan absorto en la lectura del libro que el profesor hizo señas a mi compañero para que no me distrajese. Al parecer siguieron cogiendo libros de otros estantes más bajos y a mí me dejaron, yo estaba en otro mundo. Sin darme cuenta, según me contó el joven profesor, pasé todo el resto del recreo subido en la escalera y concentrado en quién sabe qué ideas que aquel libro me estaba revelando. Me habló Zaratustra directamente. ¿Qué me diría? Que Dios había muerto. Ay, eso seguro me hubiese impresionado. ¿Que volvería a estar allí subido en la escalera otra y otra vez en un eterno retorno de lo mismo? ¿Qué pensamientos abismales me habría comunicado Zaratustra que me quedé tan absorto? No lo recuerdo, pero fue el timbre el que me devolvió a la realidad y me hizo bajar de los hombros, cual enano de la pesadez, de aquel gigante de la filosofía y bajar también de la escalera. No era todavía el tiempo aún del superhombre. Enseguida dejé el libro en el estante y me dispuse a marchar para el aula. Recuerdo también cómo aquel profesor, que en los cursos siguientes me enseñaría también las primeras nociones de griego, me dijo: “No, no, no lo dejes, te lo llevas para casa y lo lees, ya lo traerás”. “No, no, -contesté con resolución- no leo libros de este tipo”. “Pues a partir de hoy sí -objetó el profesor- y cuando tú consideres, lo traes y me cuentas qué te ha llamado la atención de lo que hayas leído”. Así lo hice. No sé lo que pude entender de aquel libro. Considerándolo retrospectivamente creo que no mucho. Pero sé que me fascinó hasta el punto de que, con posterioridad, fui comprando poco a poco toda la obra de Nietzsche, pero no en las librerías, no había dinero para tanto, sino en los mercadillos de segunda mano. Hoy desde luego no es ni mucho menos mi filósofo favorito, todo lo contrario, pero me sirvió, sin duda, para que apareciera en mí la conciencia crítica y filosófica que me transformaría la forma de pensar y, en realidad, la vida. Es muy posible que lo que me llamase la atención de tal filósofo fuese, sin duda, su crítica mordaz a la moralidad cristiana. Su filosofía a martillazos, como él dice. Después de haber recibido una enseñanza tan religiosa y a la par tan mojigata, por primera vez descubrí que se podía pensar desde fuera del cristianismo e incluso contra el cristianismo. Encontré por primer vez que pensar siempre es pensar contra alguien. Un nuevo horizonte crítico se abrió ante mí, tan crítico que a veces producía vértigo porque esto resultaba trasladable a otros ámbitos no religiosos. El resultado era como si desaparecería el suelo bajo mis pies. Eso creo yo que fue lo que me fascinó de mi primera lectura filosófica. Además, enseguida entendí que tales lecturas resultaban prácticas y útiles pues con ellas se podía empezar a tener un papel más activo y crítico, sobre todo en las clases de religión. Lo cual no era poco y, al mismo tiempo, aprendí a disfrutar con esta nueva posibilidad que se me abría.

Volvamos a la calle, al Arrabal. A ese lugar de la calle que muestra la foto. Los vecinos del Arrabal llamábamos a ese entorno, más entonces que ahora: el Cumbre. No sé muy bien por qué ese nombre si no hay ningún cumbre. Quizá lo hubo. He de advertir que en Villademor a lo que nosotros llamábamos cumbre de un edificio es a lo que se suele llamar hastial, que no es otra cosa que la parte superior de una fachada que termina en la forma de un triángulo porque la cubierta está hecha a dos aguas. Pues, sea por lo que fuere, ese lugar de la calle lo llamábamos el cumbre. Y allí, como he contado, es donde se reunían aquellos viejos de la calle a tomar el débil sol de invierno. Con sus zapatillas gastadas, sus inquietas cachas (bastones) y, sobre todo, sus anécdotas de viejos experimentados y por ende verdaderos sabios de la vida. Hoy los recuerdo con añoranza, a veces con nostalgia, pero siempre con cierta gratitud y reconocimiento.

Evolución de la población de VillademorA pesar de que la foto nos presenta una calle solitaria, sin embargo, estaba llena de vida. Era una calle llena de niños y después jóvenes, pero ninguno terminamos de hacernos adultos en ella. Nos fuimos yendo todos del pueblo. La España vaciada no es de ahora. Viene produciéndose continuadamente desde los años 50. Recuerdo cuando siendo yo muy niño, algunos de los vecinos marcharon para Alemania, otros, la mayoría, para Bilbao o Asturias, pero en los años 70 ya se había producido el mayor éxodo. A partir del año 2000 ya se puede decir que la calle está poblada sólo de personas mayores, jubilados y sólo un par de parejas relativamente jóvenes. Hoy es una calle vacía, vaciada prefieren decir algunos. En cualquier caso, está prácticamente deshabitada. Y sin visos de que vuelva a ser repoblada por ningún joven. Es una calle sin vida. Y lo peor, sin niños, es decir, sin futuro. Yo, curiosamente, de haberme quedado en el pueblo posiblemente sí hubiese tenido algún futuro profesional. Me hubiese dedicado a la construcción. Ya había empezado a trabajar en ella por los veranos desde los quince años. Y había aprendido muchas cosas. Por cierto, no sólo había aprendido algunas cosas importantes de la construcción, sino que ya había aprendido también el significado del esfuerzo y a mantener la presencia de ánimo en las adversidades. En cualquier caso, aquel oficio de albañil me hubiese servido para ganarme la vida con cierta holgura. Porque después vinieron buenos tiempo para la construcción. Pero ya había leído a Nietzsche y después de él, al año siguiente, ya dimos filosofía en el instituto y fue cuando descubrí, en primer lugar, la lógica silogística, pero inmediatamente después la antropología, la ontología, la filosofía de la ciencia, la ética y la psicología. En definitiva, ya se había obrado el milagro. No había vuelta atrás. Sin embargo, a veces, sobre todo cuando me enfrento a alguna lectura tediosa y difícil, sigo pensado si no hubiese sido mejor ser un buen albañil que no un filósofo mediocre. Es más, a veces me sigo sintiendo albañil, solo que ahora lo que construyo son modestos edificios racionales con ideas, eso sí, con ideas "llaveadas" como se llaveaban los ladrillos: uno sobre dos y dos sobre uno. En ambos casos se trata de evitar las grietas y el derrumbe del edificio construido. Pensar el mundo es otra forma de construirlo, aunque en muchos casos para lograrlo haya primero que derruirlo.

Volvamos a la foto de nuevo. Es inagotable la cantidad de cosas que refleja. Veo a lo lejos, en la parte superior de la imagen, unos árboles que sólo al que vivió aquellos años le pueden decir algo. Son olmos, aunque nosotros nunca los llamábamos así, negrillos decíamos. Y al lugar en el que se encontraban lo llamábamos: el palomar, pues en el centro de la densa olmeda resistía, ya muy deteriorado, prácticamente derruido, un viejo palomar cuya fábrica era de tapia y en el que todavía se dejaban ver, en las desgastadas paredes, los ordenados huecos destinados a los “niales” de las palomas. Recuerdo aquella abandonada olmeda, densa y oscura, donde los niños de la calle y los del pueblo jugábamos a la guerra o al escondite y por el que de tanto “guerrear” habíamos logrado definir unas estrechas trochas que entre el ramaje conducían a los mismos escondrijos de siempre pero que nos seguían pareciendo posiciones recónditas e inexpugnables para aquellos juegos de guerra. ¿Por qué aquella afición por jugar a la guerra, me pregunté siempre, si nadie nos había hablado de ella? Algo se me escapa. En primavera subíamos a los olmos a coger nidos, principal afición de los niños de entonces. No había conciencia ecológica. Bueno, en realidad, no había conciencia. Después, esos olmos, a finales de los 80 o principios de los años 90 terminaron enfermando de la grafiosis, una enfermedad que se extendió por toda España y por toda Europa. Se secaron todos y quedaron desnudos, deshojados y muertos, llegando a componer un paisaje desolado y yo diría que casi fantasmal. Era el presagio de lo que iba a suceder con la calle misma y con sus ya envejecidos habitantes.

Si nos fijamos detenidamente, a la derecha de la imagen, cuando se estrecha la calle, en el suelo, se ve una mancha más oscura. Recuerdo lo que es. Es la boñiga de un mulo que poco antes había estado ahí parado durante un tiempo e hizo sus necesidades en medio de la calle. Se nos ha olvidado que eso era bastante habitual encontrarlo por las calles de entonces. Incluso pocos años antes se usaban la boñigas de las vacas para atizar el fuego de “la hornaz” (la chimenea de leña) que se consumía muy lentamente o incluso para tapar algún desollón de alguna tapia. Bien, pues aquella boñiga en concreto era la del mulo que tiraba del carro de Tomás. El tendero que abastecía de productos ultramarinos de la época a todo el pueblo. Recuerdo sus galletas María, el bacalao seco que le compraba mi madre con el que hacía arroz o patatas, porque había que estirarlo para varios días. Hoy para mí aquellos platos siguen siendo majares insuperables. En el mismo carro entoldado, o quizá un tiempo más tarde, no lo recuerdo bien, también se compraban aquellas latas de Cola-Cao en polvo tan características y en las que después se guardaba de todo: legumbres, fideos, azúcar, incluso la manteca de cerdo. Lo que sí traía también eran aquellas tabletas de “chocolate de hacer”, creo recordar que eran de la Cibeles, no estoy seguro, pero lo cierto es que no lo tomábamos a la taza, salvo en raras excepciones, sino con pan de hogaza a la hora de la merienda y en la calle, por supuesto, después de llegar de la escuela. Creo que no queda centímetro de la calle en el que no haya pisado con un coscurro de pan en la mano.

Recuerdo, cada vez con más añoranza, pero no con menos intensidad, las mañanas de verano de la calle. Todavía me produce cierto placer recordarlo. Dormir plácidamente hasta media mañana, sólo durante los meses de verano, en esa misma habitación en la que vi la luz por primera vez. Era la más fresca y recuerdo cuando mi madre venía a despertarme, habría los cuarterones de la ventana y después subía la persianilla alicantina de láminas. Cada mañana, como el día que nací, la luz invadía casi con violencia la enorme habitación que hasta entonces había permanecido en la penumbra y, al abrir la ventana, enseguida entraba el dulce trinar tan amable de las golondrinas y el alboroto desordenado de los gorriones que se posaban escandalosos e inquietos por todas partes. Y no solo eso, recuerdo sobre todo otras dos cosas que para mí siguen definiendo lo que es un verano feliz: el estruendoso, alegre y agudo chillar de los vencejos, que a esas horas volaban a ras de suelo a lo largo de toda la calle para cazar los insectos de los que se alimentaban y, en segundo lugar, el olor a tierra mojada. Sí, sí, digo bien: “tierra mojada”, en pleno agosto, por la mañana, todos los días. Sorprendentemente, aunque no hubiese llovido olía a tierra mojada. Y eso porque todas las mañanas mi madre, como las demás vecinas, barría la portalada y, después la regaba. Pero no con una manguera, recordemos que no había agua corriente, ni con una regadera, que sería lo más normal, sino con un cubo de agua sacado con cigüeñal del pozo, de tal modo que con la palma de la mano abierta “espingaba”, es decir, esparcía y humedecía de manera irregular toda la portalada. El olor que producía era muy característico. Ahora lo recuerdo cada vez que llueve sobre tierra seca. Es un olor que me resulta agradabilísimo y me lleva de inmediato a aquella calle, a aquellos felices años que, a pesar del eterno retorno de Nietzsche, no volverán.

      Fijémonos también en otra cosa de la imagen: en las bardas de la pared de la izquierda. Hoy los jóvenes no sabrán lo que es la barda de una pared. Se trata de la cubierta, casi siempre vegetal, que se pone encima de las tapias para que éstas no se desgasten con la lluvia. Podía estar hecha de materiales diversos, principalmente de grandes trozos de césped o bien, como en este caso, de un entramado de retama o escobas (plantas). Todo ello servía eficazmente para resguardar la pared de la lluvia e impedir su deterioro. La misma Sra. Evelia, trabajadora incansable y que la recuerdo siempre vestida de negro, la había colocado ordenadamente en la pared.

       Otro detalle. Si nos fijamos en las puertas, éstas tienen unas hojalatas en la parte inferior que se ponían para la protección de la lluvia y de paso seguramente para tapar algún agujero. Después, cuando las economías familiares lograron ser más holgadas, empezaron a recubrirse de chapas de zinc. Todo un lujo.

      La foto, como la calle, está orientada en dirección este-oeste. Por eso recuerdo que siempre el sol declina produciéndose el ocaso justo al final de la calle, pero sólo en el verano, que, como es lógico, se esconde por el horizonte más hacia el norte que en el invierno. Es más, cada vez que me surgen dificultades de orientación cuando me encuentro en un sitio desconocido, no sé porque razón esta posición de la calle y el sol poniéndose me sirven de referencia para reorientarme.

* * *

 

            Esta de aquí arriba es una nueva imagen de la calle. Denota, como veremos, muchas cosas y, a la vez, como es lógico, connota para mí demasiados recuerdos y nostálgicos sentimientos. Este de la derecha con cara de haber hecho alguna picia soy yo, a mi derecha está mi vecina Margarita Morillo, después Inés Cabañeros, recuerdo que con esa edad cuando se enfadaba mordía con saña, y por último mi hermana Elena, en aquel entonces mi querida contrincante. Me pegaba de vez en cuando, como hacen los buenos hermanos, para eso era la mayor, pero yo no podía estar sin ella. Todos éramos los incondicionales del Arrabal.

      Son los años, como vemos, del Simca 1000, el nuevo coche para los nuevos tiempos. Le había precedido el Seat 600 y junto al Renault 8 y al Seat 850 terminaron por convertirse todos ellos en símbolos de la nueva prosperidad en los tiempos del desarrollismo franquista. Y todos ellos ya se dejaban ver por la calle Arrabal. Todavía cuando pasaba un coche salíamos a ver qué coche era y quién iba en él. El coche todavía eran novedad. El que se ve detrás de nosotros era el Simca de Mariano Cabañeros si no me equivoco. Yo calculo que esa foto, tomada en sentido inverso a la primera (en este caso mirando hacia el este), tuvo que ser tomada también en verano, la manga corta nos delata, pero después del año 67, porque ya tengo el reloj que me regaló para la primera comunión mi madrina y segunda madre, Araceli Arbesú. Antes hacíamos la primera comunión a los 7 años, inmediatamente después de aprender a leer, por tanto, en esa foto no tendré más de 7 u 8 años. Es, pues, de la misma época que la foto anterior, entre el 67 y el 69 como mucho. Los americanos subiendo a la luna para ganar mejor posición en la guerra fría, los franceses imbuidos del espíritu del 68 y queriendo que se prohibiese prohibir y nosotros, en cambio, tan felices y despreocupados, aparentemente libres de toda revolución técnica o social y viviendo y sobreviviendo en esas casas que amenazaban ruina. Pero no se nos ve mal alimentados, todo lo contrario. Recuerdo que por entonces en todas las casas de Villademor, no sólo en la mía, se comía a mediodía siempre, excepto los domingos, el mismo plato: cocido de garbanzos. Todos los días, no había excepciones ni había más opciones. Tampoco demasiados miramientos porque se decía con los garbanzos lo que se suele decir de las lentejas.

 

      De la misma época es esta otra imagen de mi padre, José Centeno, llegando de trabajar de Toral en su nueva y flamante bicicleta Orbea, toda una adquisición por aquel entonces. Aquella bici no era cualquier cosa, presentaba una gran novedad, tenía una dinamo en la rueda delantera (se aprecia en la foto) y por tanto producía luz. Pero no se compró para pasearnos con ella de noche, eso sería un lujo imperdonable, sino para que mi padre pudiese salir o volver de noche de trabajar. En resumen, para trabajar más horas. Nadie trabajó más que él. Fue de aquella generación que les tocó reconstruir España desde cero y casi por nada a cambio, por la mera subsistencia. Recuerdo que en aquella época siempre trabajaba en Toral de los Guzmanes y allí le conocían como: Pepín el Carpintero. No sé muy bien por qué si él era albañil le llamaban carpintero. Con todo, cuando yo ya era algo mayor me inquietaba que alguien pudiese reparar en que yo me llamaba Salvador y curiosamente era hijo de José el Carpintero. Me parecía una coincidencia tan notable como desafortunada, casi pretenciosa. Afortunadamente nadie observó tal coincidencia a pesar de que en el pueblo los sobrenombres religiosos eran muy habituales pues teníamos nada más y nada menos que un “Pedro el Dios” e incluso un “Francisco el Diablo”. Sirva esto como homenaje a su memoria. Sólo faltaba, claro, Salvador, el hijo de José el carpintero.

      Recuerdo también como aquella bicicleta me aportó alguna enseñanza. Recuerdo que un domingo por la tarde, cuando mis padres no estaban, cogí sin permiso de nadie la nueva bicicleta. Tenerla allí parada me pareció a mí que era desaprovecharla, pero no sabía todavía sostenerme en ella. No me debió de parecer difícil. La cogí sin contemplar las posibles consecuencias y sin más reparos quise ponerme a prueba en la calle. Como se ve, todo lo bueno y placentero para un muchacho de aquella época parecía pasar en la calle. Y, en efecto, probé en tramos cortos calle arriba, calle abajo, sorteando las piedras que me parecía se habían multiplicado aquella tarde y, claro, me caí. Me hice tal daño en el codo que dejé aquel artefacto del diablo de sólo dos ruedas en donde lo había cogido y, de momento, aunque preocupado, callé y no dije nada a nadie. No podía delatarme a mí mismo. Pero la fatalidad hizo que el codo, sin necesidad pensaba yo, pues no presentaba ninguna herida ni raspón, se empezase a hinchar y me empezó a doler con intensidad hasta que llegó el momento en que no podía ya doblarlo. Siempre me recordaba mi madre, con cierta jocosidad, que me acerqué a ella y le pregunté: “oye mamá, ¿qué ruido hace un brazo cuando se parte?”. ¡Pobre de mí! El resto ya se puede uno imaginar.

        En esa última imagen también se ven detalles de la calle y de la época que no se pueden pasar por alto. Se ve de nuevo el escaso empedrado, pero, sobre todo, hay que destacar el carro de vacas que se ve al final y en primer plano un remolque. Algo que no dejaba de ser novedoso para la época, pues ya no era de tracción animal, sino que era tirado por un tractor, en concreto éste era tirado por un Lanz, el de los Cabañeros nada menos (muy parecido al de la imagen). Recuerdo sus explosiones cuando se "negaba a arrancar", que era a menudo, y había que mover a mano hacia la derecha y hacia la izquierda el disco volante como el que se ve en la imagen al lado de su flamante chimenea. En estos años empezó la mecanización del campo, algo que junto con otros avances traería la transformación del pueblo y como resultado negativo, paulatinamente, su despoblamiento. La España vaciada empezó entonces y no creemos que tenga una solución fácil, no la tuvo entonces, tampoco la va a tener ahora. Eso va a ser así mientras no cambien las condiciones materiales de los trabajos agrícolas o del trabajo en general. Pero, volviendo al remolque, repárese en las pernillas y armijos de las cuales colgaban grandes redes de cuerda que iban de palo a palo de modo que servían para acarrear la mies hasta la era (como la de la foto adjunta). Poco tiempo después llegarán ya las cosechadoras que harían inútil el transporte del bálago a la era, con ellas desaparecerá la tradicional, sofocante y laboriosa trilla. Y también llegará la mecanización del campo, los grandes tractores, con todo lo que ello implica. Llegarán los herbicidas, el nuevo canal (1969), la concentración parcelaria, las nuevas acequias y después incluso el riego por aspersión controlado desde el móvil. Todo ello evidentemente va a ir en detrimento de la mano de obra y esto indudablemente ha supuesto la consiguiente despoblación. Si antes un agricultor podía trabajar y vivir con diez hectáreas, incluso con menos, ahora, con los productos cosechados a los mismos precios que hace treinta años, aunque físicamente quizá trabaje menos, tiene que labrar diez veces más tierra. Ha sido un cambio progresivo y drástico. Revolucionario, diría yo. Ahora bien, desde el punto de vista de la biografía de un agricultor ha sido imperceptible. Aparentemente lento, pero no por eso menos radical y menos influyente para las condiciones de vida del pueblo.

 

* * *

 

     Ahora os pongo esta otra imagen. Esta la hice yo mismo. Data exactamente de 1980. ¡Ay! ya hace nada menos que 42 años. A medida que va pasando la vida uno se va dando cuenta de la fugacidad del tiempo, algo de lo que al principio eres inconsciente, pero es inexorable y parece pasar tanto más deprisa cuanto más quieres que se detenga. Así y todo, en la imagen muchas de las cosas parecen seguir retenidas como si quisieran permanecer a toda costa: las puertas con hojalatas de la Sra. Evelia, la barda de sus tapias, mis puertas de atrás siguen siendo las que utilizaba mi abuelo para entrar con el carro y los mulos. Algunas de las casas siguen siendo de tapia sin ningún tipo de revoque ni de enlucido. Perviven también los olmos del fondo, más crecidos si cabe, no saben que no les quedará mucho tiempo de vida. Eso sí, el suelo y el cielo parece que siguen siendo los mismos, tierra y aire, elementos primarios, siguen dando una identidad característica a nuestro pueblo, el cual no sería el mismo sin ese cielo y sin esa tierra.

     Sin embargo, algunas cosas han cambiado. Muchas para bien, por supuesto. Ya se puede apreciar alumbrado nuevo, aunque recuerdo que no era muy eficiente. Casas y fachadas nuevas. Aunque no se vea, ya hay alcantarillado. Una obra que no fue acometida por ninguna empresa. La última gran obra colectiva realizada por los propios vecinos. Recuerdo participar en aquella facendera, la más grande y exitosa que hubo en el pueblo. Fue en torno al 75 o 77. Habían llegado también los asturianos que contribuyeron a la rehabilitación de muchas casas, a dar más vida al pueblo, sobre todo en verano, y a regenerar parcialmente la economía de la villa hasta ahora adormecida y anclada principal o exclusivamente en el sector primario. De hecho, cuatro de las seis casas que se ven rehabilitadas lo fueron por asturianos o por hijos del pueblo que, viviendo en Asturias o en Bilbao principalmente, volvían por el verano. Tardaría un poco todavía en llegar el asfaltado. Algo que me parecía a mí iba a convertir el pueblo en ciudad. ¡Qué ingenuidad! Con todo, el pueblo parecía regenerarse en aquella década de la movida con la renovación democrática del consistorio y del propio país. Fueron unos años ilusionantes. Se notaba en la política, en la música y sobre todo en el ámbito de la mal llamada cultura. Recuerdo la desbordante ilusión que tenía el primer alcalde democrático que tuvimos: Pedro Borrego. La cantidad de proyectos que tenía para el pueblo. No pudo materializarlos todos, un desgraciado y fatal accidente se lo llevó por delante. Y, además, contaba con un gran apoyo por parte del pueblo. Hoy aquella situación ilusionante ha desaparecido.

      El pueblo no ha resurgido, no veo en sus habitantes la ilusión que había entonces. Quizá sea una falta de apreciación por mi parte, pero me da la impresión de que sigue languideciendo, sin ningún futuro prometedor. Al menos demográficamente se puede constatar. Las políticas agropecuarias de subvención y supervivencia no han propiciado una economía lo suficientemente potente y próspera. Agricultura y prosperidad parecen, hoy por hoy, un oxímoron. Siguen siendo incompatibles. Eso explica por qué los jóvenes no quedan en el pueblo. Y no me extraña. Es verdad que en estos años de la foto los jóvenes ya no queríamos quedar. Era evidente que en el pueblo no había ningún futuro que nos atrajese. Ni en la agricultura ni en nada. Pero no por eso queríamos que el pueblo muriese o decayese. Eso también era una contradicción irreconciliable que tuvimos que asumir. Y pasó lo que necesariamente habría de pasar, lo que está pasando, lo que desgraciadamente seguirá pasando si las cosas no cambian.

       Cuando hice esta foto en el 80 yo ya sabía que mi futuro no iba a pasar por esta calle. Es más, quizá saqué esta instantánea precisamente por eso, por recordar o incluso por retener un pasado al que nunca he querido renunciar, pero en el que, sin embargo, nunca he querido permanecer. Mis planes y programas de vida eran, han sido y siguen siendo otros. Distintos de todos aquellos que pasan por esta calle, pero no por eso pretenden ser distantes. Prueba de ello es este escrito, que en el fondo pretende ser reconciliador conmigo mismo, con el tiempo pasado, con el pueblo que abandoné con ilusión, pero no por ello sin dolor. Todo pasa, la tierra en cambio permanece. Villademor pueblo de tierra.

 

* * *

 

      Y, por último, este es el aspecto que tiene hoy, en la primavera de 2022, la calle Arrabal. En 54 años ha cambiado bastante, ¿verdad? Sin duda. Ya no se puede decir que Villademor sea un pueblo de tierra, como acostumbraba a decir años atrás. De hecho, apenas quedan casas de tierra. Es cierto que yo, que de forma intermitente llegué a trabajar unos 6 años en la construcción en Villademor, contribuí a derribar algunas de ellas. Como vemos, la mayoría de las del Arrabal están arregladas, pero, sin embargo, vacías. Apenas hay jóvenes. No hay niños. Para mi ha pasado a ser una calle, si no triste, sí al menos solitaria. A veces los paseantes que dan la vuelta al pueblo se dejan ver por ella, pero apenas encuentro vecinos con los que conversar. Eso me apena muchísimo, sobre todo porque conocí el bullicio del que se podía disfrutar en ella el siglo pasado. ¡El siglo pasado...! ¡Ay!

     Se pueden apreciar muchos cambios. El suelo está asfaltado, ya no hay charcos ni barro, ya no se mancha uno los zapatos. Cruzar la calle ha dejado de ser una aventura que se disfrutaba a saltos. También hay, a diferencia del que había antes, un alumbrado público mucho más eficiente. Incluso desde hace poco hay Internet por fibra, lo cual no es poco. Los propios habitantes del pueblo, por el hecho de tener la edad que tienen, no van a poder aprovechar ni apreciar el gran valor añadido que esto aporta al pueblo. Tanto desde el punto de vista comercial, como laboral, como intelectual o cultural.

     La cobertura móvil, sin embargo, parece que deja mucho que desear. Villademor siempre fue una zona de sombra radioeléctrica, ocurría y sigue ocurriendo con las ondas de radio. Con todo, se puede decir que la mayoría de las necesidades técnicas y tecnológicas, aunque siempre mejorables, están cubiertas. Eso es cierto. Sin embargo, las necesidades humanas son más complejas de cubrir y de mejorar. Y este problema deriva principalmente, entiendo yo, de la baja natalidad. La calle y también el pueblo, es evidente que se están muriendo por vaciamiento y porque el crecimiento vegetativo (nacimientos menos defunciones) lleva muchos años siendo negativo. Llegas al pueblo un día cualquiera de noviembre por ejemplo y puedes cruzarlo entero dos o tres veces y no encontrarte absolutamente con nadie. Hay que tener en cuenta que la población se ha reducido de 1028 habitantes que había cuando yo nací en 1960 a 325 en la actualidad. Eso es en torno a la tercera parte, es decir, casi un 70% menos de población. Como ya no hay niños, hace ya muchos años que no hay escuela en el pueblo. Eso es algo que a mí en particular me resulta tristísimo. Uno de los principales problemas es que la población está muy envejecida. El índice de fecundidad se acerca a cero. Si la media de edad en España está en los 44 años, lo cual hace de nuestro país un país de por sí muy envejecido, la de Villademor se sitúa en torno a los 55 años y creciendo.  Sin embargo, a pesar de que es en estas edades cuando se necesitan más cuidados médicos, se ha perdido la consulta médica diaria. Y pronto, seguramente, haya que desplazarse a Valencia de Don Juan cada vez que se quiera recibir consulta. Las dificultades en ese sentido irán, sin duda, en aumento si los alcaldes de turno no hacen fuerza. Y, a decir verdad, tiene pocos elementos donde asirse para hacer fuerza por más que la razón ética les asista, pero no así la razón economicista que prima siempre en política.

      Fijémonos ahora en las edificaciones del Arrabal en particular y del pueblo en general. He encontrado estos datos y estas expresivas imágenes en el catastro. Todavía hay funcionarios que trabajan haciendo cosas interesantes dignas de estudio y de examen. Si lo analizamos puede darnos una visión histórica de la calle y del pueblo. 

    Lo que vemos aquí es el plano del pueblo. Y los colores indican la edad de las edificaciones. De modo que si nos fijamos en la evolución de los colores según las escala cromática que aparece en la parte de abajo vemos cuál ha sido la evolución urbanística de Villademor. Son datos que he recogido del Catastro (actualización de 2019). ¿Cuántas edificaciones vemos de azul claro o verde? Salvo errores, que he apreciado algunos, muy pocas. Éstas corresponderían a las construidas a partir del año 2000. De esos datos se puede deducir que la mayoría de las edificaciones, casi el 90%, tienen más de 20 años. Eso quiere decir que el declive poblacional y económico empezó a notarse en ese aspecto sobre todo a partir de los años 90, el crecimiento y mejoramiento de las edificaciones ocurrió sobre todo en los 80. A partir del 2000 apenas si hay construcciones tanto en el Arrabal, como en el pueblo en general. Es decir, está claro que en la actualidad hacer alguna inversión urbanística en Villademor desde hace unos años es un riesgo. Eso se deduce del hecho de que la superficie construida a partir de 1990 sobrepasa ligeramente el 11% solamente. (Las columnas del "Top provincial y nacional" hacen referencia al lugar que ocupan esas construcciones respecto a la provincia y respecto a la nación en su totalidad). Si comparamos este mismo mapa con el de Valencia de Don Juan vemos diferencias (https://www.foro-ciudad.com/leon/valencia-de-don-juan/habitantes.html#MapaAntiguedadEdificios). Si en Villademor las construcciones a partir del 2000 se sitúan en torno al 3%, en Valencia de Don Juan están en torno al 34%. Eso es una diferencia que me parece muy significativa. Aunque, a decir verdad, en la última década todos sabemos la gran crisis que ha sufrido la construcción, esa es la razón por la que también vemos que las edificaciones en color azul claro son escasas igualmente en Valencia de Don Juan.

 

 

ANÁLISIS DE NUEVOS PARÁMETROS

RELATIVOS A VILLADEMOR EN GENERAL

 

    Ya que hemos iniciado este análisis centrándonos en la calle Arrabal, vamos a hacerlo extensivo ahora a todo el pueblo y vamos a tener en cuenta otros indicadores. Veremos que al finalizar no nos quedará más salida que el pesimismo.

    Miremos por un momento, no sin cierta pesadumbre y no menos inquietud, la evolución de la población de Villademor desde principios de siglo hasta la actualidad. Desde los años 50 no ha hecho más que decrecer. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística Villademor en enero de 2021 tenía 299 habitantes. Sólo en el año 2020 perdió 26 habitantes. He de suponer que no todos por defunción. Hay que tener en cuenta que la provincia de León es una de las que más población está perdiendo, la crisis está castigando esta provincia más que a otras partes de la comunidad. Algunos culpan de esto al gobierno regional y si no son culpables, sí al menos entendemos que son los responsables de proponer soluciones. Y no lo están haciendo, es evidente. Desde el punto de vista demográfico es una auténtica sangría lo que está ocurriendo en los pueblos de la provincia de León. Si embargo, curiosamente, el crecimiento vegetativo en los pueblos colindantes es positivo. Toral de los Guzmanes tiene un saldo de +7, San Millán de los Caballeros de +5, Villademor, en cambio, en el 2020, de -13, es decir, que ha habido 13 personas que han muerto o se han ido y que no han sido reemplazadas por ningún nacimiento. Adjuntamos graficas de la evolución del número de habitantes y del crecimiento vegetativo de Villademor. Ambos datos son desoladores.

 

     Estos desalentadores datos son ligeramente mitigados por la inmigración. Los inmigrantes han venido bien de otras poblaciones colindantes, bien de la Comunidad, bien del resto de España o incluso de fuera de España. Aquí tenemos los datos aportados por el INE según el padrón de 2021

 

    También podemos observar que han aumentado el número de habitantes nacidos no sólo en otros países, sino los nacidos fuera de Villademor, que en 1996 eran el 0,20% y pasan ahora al 8,70%. Pero los que más disminuyen son los habitantes nacidos en Villademor que pasan de ser en 1996 el 63,41% al 51,51%.

     Por último, ponemos a continuación la pirámide de población de 2021. No puede ser más desalentadora:

      Es desesperanzador analizarla. Como vemos, es una pirámide completamente invertida. La media de edad de los habitantes de Villademor es de 54,67 años. Hace cinco años era de 53,53 y es evidente que si se añade un año de envejecimiento por lustro vamos de mal en peor. Eso no va a haber alcalde ni político que lo remedie. O se descubre oro o petróleo, o Villademor terminará muriendo por consunción. Si comparamos esta pirámide con la de Valencia de Don Juan tampoco ésta es muy esperanzadora. Allí la media de edad es de 44,42. Pero la de San Millán es de 51,02, la de Toral de 54,43 y la de Algadefe 49,98. Todos los pueblos colindantes se mueven en la misma horquilla de envejecimiento. Todos, supongo, tendrán problemas similares. O la solución viene dada en su conjunto o no hay solución. Dicho de manera más directa: no hay solución. Yo creo que la mayoría de los políticos, locales, regionales lo han asumido. Lo que no podemos permitir es que lo den por perdido.

      Adjunto otros datos curiosos, pero también desoladores para cualquier analista demográfico o político:

       Sobre la evolución de la renta los datos tampoco son alentadores.

     Según los datos del Ministerio de Hacienda la renta bruta media por declarante en Villademor en 2019 fue de 19.646 €. 126 € menos que en el año anterior. Así mismo, la renta disponible (descontado lo aportado a la Seguridad social, etc.) es de 17.065 €. 17 € menos que el año anterior. Eso quiere decir que no ha crecido la riqueza en Villademor. Al menos en ese año. Pero, a decir verdad, según la gráfica la evolución de la renta respecto al resto de España ha ido a la par menos el último año, pero con una renta media mucho más baja. Economía agrícola más economía de subvención es igual a la economía de subsistencia, esa es mi interpretación de esa imagen estadística a mi modo de ver lo ruinosa que está la economía productiva de Villademor. De 211 municipios que existen en la provincia de León Villademor se sitúa en el número 82 según mayor renta bruta media. Los hay perores, es evidente, pero eso no debe resultar consolador.

     Otro aspecto es lo que aportan los villademorenses y lo que reciben en los presupuestos municipales de las distintas administraciones. Según los datos del Ministerio de Hacienda los villademorenses aportaron a las arcas pública 241.394 € en concepto de IRPF en el año 2019 y recibieron de forma directa en el presupuesto municipal 110.202 €. Un 45,65% de lo aportado. En la siguiente tabla vemos otros municipios cercanos y vemos qué alcaldes lo están haciendo mejor y quiénes peor. San Millán se lleva la palma de oro, pero Toral tampoco lo hace nada mal. Habría que preguntar cómo lo han hecho.

 

    Se me ocurre poner unos últimos datos. En primer lugar, el índice Gini, es decir, el índice de desigualdad que hay entre los distintos habitantes de Villademor. En el año 2018 el índice de Gini para Villademor de la Vega era de 28.90 y la ratio 80/20 era de 2.40. Para que lo entendamos hay que tener en cuenta dos cosas:

- La ratio 80/20 es el cociente entre los ingresos totales del 20% de las personas con ingresos más elevados (percentil 80) y los ingresos totales del 20% de la población con menos ingresos (percentil 20).

- El índice de Gini, es utilizado para analizar el grado de inequidad en la distribución respecto a los ingresos. Este indicador toma valores entre cero y uno (o entre 0 y 100 si se da en porcentaje); 0 cuando todas las personas tengan los mismos ingresos (perfecta igualdad), y 1 si todo el ingreso nacional está en manos de una única persona (perfecta desigualdad).

   Respecto a estos índices Villademor se encuentra en la misma horquilla que los pueblos colindantes.

      Otros índices que pueden resultar interesante para cualquiera que quiera conocer la marcha de nuestro pueblo y que se interpretan casi por sí mismos. Por ejemplo: en los últimos años no se han construido viviendas nuevas y apenas hay compraventa de viviendas usadas, nunca más de 4. Villademor no es visto como una buena inversión inmobiliaria. ¿No habría que mejorar eso como ocurrió en los años 80? Este es un reto para todo regidor.

       Otra estadística que también se interpreta por sí misma. Los habitantes en edad de trabajar:

     En fin, parece que ninguno de los datos estadísticos aquí analizados, son positivos para Villademor. Pero quien quiera hacer un análisis más exhaustivo de estos datos y muchos más, vid.: https://www.foro-ciudad.com/leon/villademor-de-la-vega/habitantes.html.

    Para comparar estos datos con los de algunas décadas anteriores vid: https://www.villademor.es/019_emigracion.htm. Ya los habíamos analizado nosotros y no difieren mucho de los actuales.

 

 

Villademor de la Vega.

Primavera de 2022

S. Centeno

 

 
 

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